martes, 30 de junio de 2015

Érase una vez....Paté del mar.



Érase una vez un espejo… En un lado estaba la Cuentista y en el otro…

Un óptico que conoció a una sagitario en su lugar de trabajo y que un buen día decidieron coger sus vidas y llevarlas a Cantabria. Allí se casaron y tuvieron un hijo revoltoso y pizpireta. Diego, Rocío y Rubén… el óptico, la sagitario y el pequeño.

Hay días difíciles cuando te alejas de los tuyos y dejas el reino de tu niñez a muchísimos kilómetros de distancia… hay días que necesitas a alguien que te cuide, que sepa mimarte y pueda sujetar tu caída.

Hay días que te sientes desamparado.

Ya sabéis que nuestra Cuentista cree a pies juntillas que cocinar es una muestra de amor, requiere pensar qué preparar, buscar los ingredientes, preparar la receta y esperar con ilusión que guste… Pues bien, hoy trae una receta que prepara muchísimas veces y que en una ocasión preparó para Rocío. Desde entonces cada vez que hace este paté se acuerda de ella.

Rocío se puso malita, descubrieron que tenía una anemia tremenda y necesitaba hierro a toneladas. La Cuentista recordó una receta que no se puede comer en zonas con imán porque tiene tanto hierro que se quedaría pegado magnéticamente.

Sabedora de lo mucho que se necesita el cariño, los abrazos y el mimoseo cuando uno está malito y sabedora también de que al igual que ella la familia espejo no tenía a nadie cerca… antes de llegar a casa se pasó por una tienda para comprar los pocos ingredientes que se necesitan para ésta deliciosa y ferrosa receta. Quería prepararla para Rocío.

Pocos ingredientes son necesarios para demostrar a una persona que la quieres, bastan tres latas de pescado en conserva, un bote de cristal para guardar el resultado y muchísimo cariño para prepararlo.

Si tenéis el hierro bajo debéis probar ésta pócima sanadora y si tenéis el hierro alto debéis probar ésta pócima deliciosa. Es una receta mágica porque cura el cuerpo y alegra el paladar.

De la despensa:

(para compartir varios enfermos y sanos)
1 lata de sardinillas en tomate.
1 lata de mejillones en escabeche.
2 latitas de atún en aceite de las redondas.
1 cucharadita de mantequilla.
Unas gotas de tabasco.

Manos a la obra:
1. Echar todos los ingredientes en un vaso de batidora, sin escurrir.
2. Batir todo muy bien durante unos 3 minutos hasta que se forme una crema muy untuosa.
3. Meter en un bote de cristal y regalarlo/disfrutarlo con muchísimo amor.

Moraleja: Sé que el Reino está lleno de ojos que observan con atención... pero por si no os habéis dado cuenta, en el paté de la foto hay unos deliciosos grissini caseros. Todo junto está delicioso y son dos recetas tan rápidas que las podéis preparar y disfrutar en media hora... 

La semana que viene los preparamos juntos.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

sábado, 27 de junio de 2015

Érase una vez... Carcamusas.


Érase una vez... una despensa llena de curiosos ingredientes.

Un pequeño Minichef decidió entrar un día dentro de la despensa mágica.

En el estante de la derecha encontró un bote de cerámica talaverana... como su mami. Dentro había guisantes, a su padre le encantaban los guisantes.

En el estante de arriba a la izquierda vio una pieza de magro de cerdo que había comprado su abuela Paula, la mamá de su papi.

Y justo en un cajón de madera antiguo situado enfrente de la puerta había un cuenco de barro y un delantal de su talla. Estaba claro.

Todos los ingredientes parecían querer decir: Prepara un plato para tu papá.

Debía cocinar él y debía ser algo realmente delicioso porque era el cumpleaños de su papi y quería darle una sorpresa cocinando él todo por primera vez en su vida. Nada de ayudar en un paso de la receta, debía hacer todo, todo, todo.

Se puso a pensar y de pronto lo tuvo claro, utilizando todos los ingredientes de la despensa mágica iba a preparar un plato de la tierra de su mami, con el ingrediente principal comprado por su abuela, cocinado por él en un cuenco de barro... y con el nombre más divertido del mundo: Carcamusas.

Su mami le explicó que una leyenda cuenta que las carcamusas deben su gracioso nombre a una taberna que hay en Toledo. 

Por lo visto hace muchos años esa taberna estaba llena de "carcas" (mamá tuvo que explicarme que esa palabra se usa para hablar de los señores mayores) y que por la plaza pasaban muchas jovenzuelas que paraban también en la taberna a tapear el magro tan delicioso que se preparaba en el lugar.

Por lo visto los carcas siempre decían que esas jovencitas toledanas eran tan guapas y lozanas que servían de musas para inventar canciones y poemas. 

El tabernero decidió poner un nombre a su famosa tapa que hiciera honor a sus mejores clientes, los carcas y las musas. Carcamusas.

El bar se llama Ludeña y mami me ha prometido llevarme la próxima vez que vayamos. Por lo visto para entrar en el comedor hay que cruzar una cortina hecha con la misma tela que tenía mi abuela Julia en su casa hace muuuuuuchos años. 

Espero que me salga bien la receta y que os guste mucho el plato, con mi papi voy sobre seguro... no va a ser en el Ludeña, pero las voy a preparar con todas mis ganas...

Moraleja: Las carcamusas de la foto las hizo Ismael, yo sólo corté ingredientes que fui pesando y anotando para poder compartir con vosotros la receta. En realidad la suelo hacer a ojo.

No pongo sal en toda la receta, salvo en la carne. Todos los ingredientes son potentes de sabor y llevan su propia cantidad de sal... a eso hay que añadir que el jamón con el calor sube la potencia de la salazón por lo que hay que ser un poco cuidadosos con ella. Probad y si os parece soso... al echar el tomate podéis rectificar.

De la despensa:

500 gr. de magro de cerdo.
100 gr. chorizo picante.
100 gr. de jamón serrano.
1/2 cebolla.
1 diente de ajo.
200 gr. de tomate frito.
100 gr. de guisantes de bote.
50 ml de vino blanco.
100 ml. de caldo de carne (vale 1/2 pastilla de carne)
Aceite.
Sal.

Manos a la obra:
1. En una sartén con un par de cucharadas de aceite echar el chorizo. A fuego medio-suave dejar que suelte la grasa y antes de terminar de cocinarlo del todo sacarlo con una espumadera a un plato y reservar.

2. Cortar la cebolla en juliana, picar el ajo y pocharlo en el aceite que ha quedado en la sarten con la grasa y el sabor del chorizo. Reservar junto al chorizo.

3. Cortar el magro en trozos, salarlos y dorar los trozos de carne en la misma sarten.

4. Cuando estén dorados, añadir lo que teníamos reservado, junto con el jamón. Dejar que se cocine todo junto durante un par de minutos.

5. Subir a fuego fuerte y añadir los líquidos: el vino blanco y el caldo de carne. Dejar que se evapore el alcohol del vino y echar el tomate frito. Cocinar todo junto a fuego fuerte.

6. Cuando veamos que los líquidos se han espesado echamos los guisantes y ¡a disfrutar!

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

martes, 23 de junio de 2015

Érase una vez... Patatas Hasselback.


Érase una vez… un zagal que la vida convirtió en abuelo.

Cuando se jubiló quiso recuperar parte de su niñez perdida y decidió volver a vivir en el campo, pero ésta vez iba a hacerlo para él mismo, sin ovejas ni señorito. La época de “Los Santos Inocentes” y  la “Milana bonita” habían terminado hacía mucho tiempo.

Decidió hacerse con un terreno, disfrutar del aire de la montaña y vivir tranquilo en una casita en el campo.

En el terreno “echó unas gallinas”, como ya sabréis muchos por la receta del pollo a la zorra y sembrar para tener su propia huerta. Entre otras hortalizas… el primer año sembró unas patatas. Mimoseó las plantas, probó con distintos trucos para evitar el escarabajo que echa la flor y tras todos sus trasiegos llegó la temporada de recogerlas.

Qué felices caminaban por la carretera que lleva a la huerta los dos abuelos y su nieto Ismael… con su bolsita de plástico en la mano para guardar todas las patatas recolectadas.

Con las primeras que cogieran la abuela quería preparar una ensaladilla y dar a su hija Cuentista unos kilos para que no tuviera que comprarlas.

Y allí se plantaron los tres.

El abuelo cogió la azada para ahuecar la tierra y sacar la primera patata mientras su familia miraba con carita ilusionada…

¡Qué hermosura! ¡Qué preciosidad! ¡Qué patata más pequeña!

Debía pesar la friolera de 5 gramos, muy bien formada… eso sí… pero era del tamaño de una cereza un poco gorda y así fueron todas las patatas que recolectaron ese año.

Cocer… lo que se dice cocer… no cocían bien, se quedaban perfectamente duras y tiesas.

Freír… lo que se dice freír… no freían bien porque absorbían todo el aceite y se quedaban aceitosas.

Hornear… lo que se dice hornear… no horneaban bien porque se quedaban como canicas, al caer al suelo sonaban a piedra.

Pero Ismael fue tan feliz entregando a su madre Cuentista la primera patata de la huerta que todo el trabajo mereció la pena.

De los errores se aprende y para el año que viene otro gallo cantaría.

Y aquí está el canto del otro gallo. Las patatas que traigo hoy son de la huerta de mi padre, he preparado una receta que me gusta a rabiar y a la que tenía muchas ganas: Patatas Hasselback.

De la despensa:
(Para cuatro duendes)


4 patatas medianas de unos 150gr. cada una. Intentad elegir patatas igualadas de tamaño y ovaladitas.
12 lonchas de bacon.
Una bolsa de queso rallado.
50gr. de mantequilla a temperatura ambiente.
1 diente de ajo pequeño.
1/2 cucharadita de orégano.
Pimienta.
Sal Maldón.

Manos a la obra:
1. Lavar muy bien las patatas ya que nos comeremos la piel.

2. Debemos cortar rodajas en la patata sin llegar a cortar del todo, se trata de hacer un acordeón.

Para ello hay varios sistemas... el que yo uso es: Colocar una de las patatas sobre dos palillos chinos o dos lápices, hacer rodajas con un cuchillo bien afilado. De este modo cuando el filo del cuchillo llega a los palillos, estos nos hacen tope y no se corta toda la rodaja hasta el final. Es tan sencillo que en casa lo hace Ismael.

Otro sistema consiste en atravesar con una brocheta la patata por la parte inferior, al cortar la rodaja el cuchillo hace tope y no la corta hasta el final.

3. En un mortero machacar el diente de ajo, añadir la pimienta, el orégano y mezclar con la mantequilla hasta formar una pasta.

4. Cortar las lonchas de bacon en trozos del tamaño de nuestra patata, también se pueden usar taquitos de bacon cortados.

5. Con una cuchara ir echando un poquito de la pasta en cada corte de la patata, un poquito de queso rallado y colocar un trozo de bacon (o unos taquitos si hemos elegido esa opción).

6. Con una brocha pincelar la patata con un poquito de nuestra pasta de mantequilla y echar un poco de sal Maldon por encima. Ir colocándolas en una bandeja de horno (yo las pongo en un pirex porque no suelo colocar nada directamente sobre la bandeja).

7. Meter en el horno precalentado a 180º calor arriba y abajo. Pasados 10 minutos bajar la temperatura del horno a 160º y 30 minutos después podremos disfrutar de ésta maravilla.

Moraleja: Se puede sustituir la mantequilla por aceite (yo lo hago).

La receta original de estas patatas sólo lleva mantequilla, ajo en láminas y sal. Con salmón quedan deliciosas... con bonito también... echad imaginación porque es una receta muy resultona y la patata admite de "to".

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

viernes, 19 de junio de 2015

Érase una vez... Rollito de galletas.


Bueno, pues ya estamos a viernes y os traigo otro truco de "Abracadabra" para que podáis usarlo con las galletas de chocolate y menta del martes.

Érase una vez... un rollo de papel de cocina que estaba llegando a su fin. El cartón que sujeta el papel era consciente de que iba a terminar en la basura, doblado y roto... siempre ocurría lo mismo.

Hasta que un buen día nuestra Cuentista vio en internet una utilidad estupenda para que nuestro cartón nos echara una mano en la cocina.

¡Podía servir como molde de galletas! Ese cartón despechado y triste se iba a convertir en la mejor ayuda para conseguir galletas preciosamente redondas, a cortarlas con facilidad y a conservar la masa que nos sobra. 

Las masas de galletas suelen ser blandas y con el frío del frigorífico se endurecen, aprovechando esto debemos seguir unos pasitos muy sencillos y conseguiremos galletas preciosas sin apenas esfuerzo.

Primero y una vez terminada la masa, colocamos un papel film en la encimera y envolvemos la masa con él formando un rollito no demasiado grueso, pensad que hay que meterlo en el agujero del cartón por lo que deberemos tener en cuenta su diámetro.

Los extremos de papel film podemos enrollarlos como los de un caramelo para que no se escape la masa.

Después introducimos nuestro rollo envuelto en film en el agujero del cartón.

Para finalizar la tarea... metemos el rollo de pie en el frigorífico, yo lo suelo colocar en la puerta.

La masa al principio está blanda y se acopla al interior del tubo de cartón, formando galletas redonditas y lisas.

Con el frío del frigorífico se va endureciendo. Pasadas un par de horas tiramos de uno de los extremos del papel film y vamos sacando la masa y cortando rodajas que serán nuestras galletas. Listas para hornear.

Si nos sobra masa la dejamos dentro del tubo y la conservamos en el frigorífico o la congelamos para otro momento.

La primera vez que probé el sistema tenía serias dudas sobre el resultado, desde entonces no he vuelto a hacer galletas sin tubo de cartón, hago bastante masa y las horneo en dos o tres veces... de esa manera consigo galletas recién hechas, sin ablandarse y sin necesidad de buscar sitio para conservarlas.

Moraleja: El cachocartón de la foto ha quedado tan bonito con la cuerda anudada... que no podría tirarlo nunca jamás, había que buscar un uso para él y hay que reconocer que ayuda muchísimo desde entonces.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

martes, 16 de junio de 2015

Érase una vez... Galletas de chocolate y menta.


Érase una vez... un pequeño poco goloso.

Mi minichef no es un gran amante de los dulces, desde muy pequeño su chocolate favorito es el de 70% mínimo de cacao.

Supongo que es por eso por lo que los "after eight" le gustan a rabiar. Chocolate negro con el frescor de la menta, un bombón que también enloquece a la madre Cuentacuentos.

Tal vez sea algo genético que salta una generación ya que a nuestra cuentista no le gusta el chocolate. Encontró ésta receta por casualidad y se dedicó a hacer pruebas hasta encontrar el sabor "after eight" en un bocado. Hoy traigo la versión final, el éxito absoluto.

Y lo supo al abrir el horno.

Al abrirlo se convirtió de nuevo en una niña de 7 años... El vapor del horno llevó la esencia de la menta por el aire y al subir hizo que se le abrieran las vías respiratorias y los ojos se le llenaran de las lágrimas provocadas por la fuerza de la menta.

Recordó a su madre. Como tantas otras niñas nacidas allá por los 70, cuando se ponía malita y estaba en cama veía llegar a la madre Cuentacuentos por la noche con el tarro de "Vicks vaporub". Con todo el amor de madre se lo echaba por el pecho y colocaba un pañuelo calentito debajo del pijama para que respirara mejor.

Me encantaba el vapor que emanaba de ese paño caliente colocado bajo mi pijama. Al olor de las galletas recordé su cara al cuidarme y ahora sé que Ismael también ve esa cara en mí cuando cuido de él.

He conseguido meter en una galleta el sabor de los bombones favoritos de mi pequeño... y el recuerdo de mi madre cuando me cuidaba. Por eso sé que he conseguido el éxito absoluto.

Moraleja: El tiempo de horneado ha pasado varias pruebas y críticas, por goleada ganaron las de 12 y 13 minutos de horno. Con 10 minutos quedan con textura más blandita y con 12 crujientes. A gustos.
He de deciros que si conseguís que duren dos días... ganan mucho en sabor. 

De la despensa:



150 gr. de harina normal.
35 gr. de cacao en polvo.
1 cucharadita de levadura química (Royal)
100 gr. de mantequilla a temperatura ambiente.
175 gr. de azúcar moreno.
1 cucharadita de extracto de vainilla.
10 gotas de esencia de menta. (1/4 de cucharadita)
1 huevo grande.
125 gr. de chocolate negro, yo lo compro en gotas. Si lo usáis en onzas, tendréis que romperlo o rallarlo grueso antes de usarlo.

Manos a la obra:
Vamos a necesitar dos recipientes, si no son iguales... utilizar el mayor para la mezcla de mantequilla y azúcar.

1. Batir la mantequilla con el azúcar en el recipiente más grande. Añadir la vainilla, la esencia de menta y el huevo. Mezclar.

2. En otro recipiente mezclar la harina, el cacao en polvo y la levadura. 

3. Ir echando la mezcla de harina en el recipiente de la mantequilla, hay que hacerlo en tres o cuatro veces para mezclarlo poco a poco y no formar un engrudo difícil de manejar.

4. Echar el chocolate en gotas/rallado y mezclar con una espátula para que se mezcle y reparta con el resto de la masa.

5. Formar las galletas y colocarlas en una bandeja de horno forrada con papel. Hornear 12 minutos a 180º. 

6. Enfriar sobre rejilla ¡y listas!

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.




viernes, 12 de junio de 2015

Érase una vez... las palabras.


Érase una vez una Cuentista sorprendida…

¿Sabíais vosotros que la palabra “Túrmix” aparece incorporada en la R.A.E.?

Nuestra Cuentista se quedó de piedra al saberlo, cuando oía a algún cocinero utilizar esa palabra en lugar de “batidora”, siempre se quedaba sorprendida y sin entender los motivos por los que utilizaba una marca comercial que además me parece un poco “de abuela”.

Pues soy una ignorante… aunque empezó siendo una marca comercial, en los años 80 la Academia de la lengua aceptó “Túrmix” como sustantivo. Pasmá  me quedo algunas veces.

Y ya deberíais ir conociendo un poco mi cerebro alocado… una cosa me llevó a otra y he decidido hacer un glosario con palabras que se usan en cocina para cultivar un poco nuestro mundo.

En entradas de los viernes iré explicando unas pocas y esas las iré añadiendo alfabéticamente a un “diccionario”… 

Si en algún momento queréis consultar una palabra, solo habrá que pinchar en la etiqueta y saldrán todas las que hayamos ido aprendiendo… Iré poco a poco… no esperéis encontrar un diccionario culinario completo hoy mismo… ¡¡Esto lleva su trabajo!!

Vamos con las primeras. He elegido cuatro a conciencia, tres de ellas se utilizan en la construcción y la cuarta me parece muy simpática... conozco a mis ogros y ya que muy probablemente me tiréis al pozo... por lo menos que sea con motivo.

Encolar: Añadir gelatina a un líquido para que quede con cuerpo y brillo al enfriar.

Hermosear: Consiste en limpiar la pieza o ingrediente de imperfecciones, grasa, telas, nervios… con el fin de dejarlo limpio y listo para preparar.

Lustrar: Añadir azúcar glass a una preparación para decorarla.

Mijotear: Término francés para indicar una cocción muy lenta.

Moraleja: Sé, me consta y soy consciente de que corro peligro grave abriendo ésta veda, pero espero que mis ogros seáis benévolos y valoréis lo mucho que vamos a aprender todos.

Y colorín, colorado... por hoy hemos acabado.

martes, 9 de junio de 2015

Érase una vez... Muslos de pollo con pimienta.


Érase una vez… una voz al teléfono.

Nuestra Cuentista no conoce al protagonista del cuento en persona… Sabe que trabaja en Madrid, que trabaja entre audífonos y que le gustan las comidas sencillas, el pollo, la pasta…

Pero sobre todo sabe que es una persona extraordinaria y quiere agradecer con este plato la enorme ayuda que ha recibido de él.

Muchos de los habitantes del Reino sabéis que nuestra Cuentista trabaja con personas que tienen problemas de audición, el protagonista del cuento de la semana pasada os hablaba de Mario Caracciolo… uno de mis pacientes favoritos… mi guapo italiano que trae sus recetas para que las pueda compartir con todos vosotros.

Pues bien, hace tres años, al mismo tiempo que Mario… Manuel entró en mi vida.

Siempre acompañado de Sofía, su dulce y pausada esposa, tenía problemas con sus audífonos y juntos conseguimos solucionar su problema y traer el mundo a su vida.

El verano pasado vino, tenía problemas de nuevo y durante semanas y semanas (tantas que se convirtieron en meses) estuve dando vueltas para solucionar su caso. Con toda la impotencia del mundo no encontraba solución para él. Todos los que me conocen saben lo terca y cabezota que soy.

No quise rendirme. Y ahí conocí a Dani… Bueno… a su voz.

Un par de semanas más tarde tenía un audífono nuevo en mis manos y una semana después Manuel lo probó.

Su sonrisa me lo dijo todo. De la sonrisa pasamos a las lágrimas y hubo un momento en que estábamos emocionados los tres.

Manuel porque oía.

Sofía porque veía a su marido de nuevo integrado en el mundo.

Y yo… con la piel de gallina y el vello erizado porque veía a los dos mirarme con lágrimas en los ojos.

No llamé a Dani tal cómo me había comprometido a hacer, sé que pensará que soy una desagradecida. Pero no lo soy.

En mi mente ya había cuajado la idea de escribir un cuento de agradecimiento, hacer un hueco para él en mi reino, no quería un simple gracias telefónico que se lleva el tiempo… 

Junto a Jezabel, mi cómplice y ángel de la guarda... he conseguido averiguar que Dani es un chico de gustos sencillos y que sus platos favoritos son el pollo y la pasta.

Y aquí está  Dani. Un cuento y una receta que Sofía me ha dado para ti, el plato favorito de Manuel es precisamente este, al igual que a ti le encanta el pollo y me dijo que comería estos muslos todos los días de su vida. 

También me dijo que nadie los prepara como Sofía... he hecho mi intento y ahí van para ti.

Gracias.

Moraleja: Dani... supongo que supondrás que Manuel y Sofía te agradecen muchísimo lo que has hecho y después de esto supongo que supondrás que los problemas se han solucionado. 

De la despensa:
(para 4 duendes)

8 jamoncitos de pollo.
4 dientes de ajo.
Harina (no pongo cantidad porque es para rebozar)
Sal.
Vino blanco.
Pimienta blanca molida.
Aceite.

Manos a la obra:
1. Salar los jamoncitos de pollo.

2. En una sartén echar un dedo de aceite y poner a calentar, echar los dientes de ajo sin pelar y una cucharada de harina. Remover.

3. Pasar los jamoncitos de pollo por harina y echarlos en la sartén una vez el aceite esté caliente.

4. Bajar la temperatura a fuego medio para que la carne se cocine por dentro. 

5. Una vez dorados los muslos, sacarlos del aceite, colocarlos en un plato y echar la pimienta blanca por encima de la carne. Sofía me dijo que en este paso está el truco de la receta, echar la pimienta una vez dorados.

6. En una cazuela echar el vino blanco, cuando coja temperatura se añaden los muslos y se deja reducir el alcohol del vino mientras se cuece la carne. El vino se irá espesando con la harina del rebozado y queda una salsa deliciosa.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.



viernes, 5 de junio de 2015

Érase una vez... Congelar masa de pizza casera.


Bueno... aquí estamos con otro truco de magia para acompañar al pulpo y que no se sienta tan solito. 

Me consta que Pablo sufre mucho por él desde que se me ocurrió apalear, escaldar y buscar el tentáculo del pobre animalito para no comprar hembras desovadas... Para que esté más contento he decidido traer compañía para él. 

¡Abracadabra!

Érase una vez una Cuentista sin criterio para las medidas... 

Si sabía que venía gente a cenar a casa se activaba con un resorte que lleva colocado en la cabeza y se lanzaba de bruces a la cocina. 

No exagero mucho si reconozco que el frigorífico de la Cuentista suele estar bien surtido siempre... se puede encontrar de todo (hasta botellitas de óxido de nitrógeno como bien dice Leo Harlem en su monólogo).

Pues bien, me encanta hacer pizza casera y cuando enloquezco preparo masa para todo el planeta. Hoy os traigo un truco estupendo para guardar lo que sobra en el congelador y tenerlo preparado para usar en la siguiente ocasión que se nos presente.

Existen muchas formas de congelar la masa de pizza, pero hay dos métodos estupendos que son los favoritos de la Cuentista y de ellos os quiere hablar.

Método 1: Precocerla. Es el mismo sistema que se usa para los panes envasados que se venden en las tiendas y que permiten preparar pan tierno cualquier día. 

Pare ello, debemos estirar la masa y hornearla 10 minutos solita, sin ingredientes... La guardamos en una bolsa o envolvemos con film y la metemos en el congelador.

El día que queramos comer pizza, la sacamos del congelador, colocamos los ingredientes y horneamos 15 minutos como si fuera una pizza comprada envasada.

Método dos... mi súper favorito: Formar un rollo con la masa de manera que quede como las masas envasadas que compramos en la zona "fría" de las tiendas. 

Para que quede perfecta y lista para utilizar... estiramos la masa con el rodillo, colocamos un papel de horno encima y la enrollamos utilizando el papel para que no se pegue "masa con masa". Una vez formado el rollo, envolvemos con film y al congelador. No abulta nada.

El día que queramos usarla solo tendremos que dejar que se descongele, desenrollarla y preparar la pizza con nuestros ingredientes favoritos antes de hornearla. Este sistema también nos vale para masas de empanada, hojaldre... 

Hay que decir que todos los que prueban las masas de pizza casera no suelen volver a las pizzas envasadas, merece la pena dedicar un ratito a hacerla, la pizza es un alimento muy sano si no lleva conservantes, colorantes, electrizantes y mineralizantes. Recordad... somos lo que comemos.

Moraleja: Si en lugar de masa de pizza, hacéis masa de hojaldre o empanada... no olvidéis cocer el pulpo previa paliza para utilizarlo como relleno.

¡Ups! Perdona Pablo... ya estoy haciendo sufrir al pobre otra vez...

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

martes, 2 de junio de 2015

Érase una vez... Fusilli con salsa de anchoas



Érase una vez un italiano que sin querer supo ganarse el corazón de la Cuentista con su sonrisa traviesa y su boina caída sobre un ojo.

Muchos de los que habitáis en este Reino ya lo conocéis, nuestro duende napolitano es Mario Caracciolo, en su momento os traje su deliciosa tortilla de espaguetis y hoy quiero contaros el siguiente capítulo de su vida.

Hace muchos años… allá por los 50, Mario era un joven paracaidista del ejército italiano. Una bomba cayó en el mar un día que él se encontraba recogiendo mejillones y la explosión hizo que perdiera la audición. La mala suerte generó el problema que con el paso de la vida cruzó nuestros caminos.

Una bomba provocó su sordera y una Cuentista hizo que oyera. Dejaré para otra de sus maravillosas recetas la siguiente parte de la historia.

Una mañana de Navidad… la Cuentista sacó su carruaje y atravesó todo el Reino, cruzando bosques y aldeas, hasta llegar a la lejana villa de su hermano Pablo. Así podría cenar en familia y recibir todos los abrazos de los suyos.

Una de las recetas que prepararon para la cena era una ensalada de Mario. Por supuesto el nombre del italiano simpático y coqueto salió a relucir. Al hablar de él, la Cuentista pudo notar cierta corriente de cariño en la voz de su hermano. Algo sorprendente si tenemos en cuenta que no se conocen.

Mario Caracciolo ha conseguido hacerse un hueco en los corazoncitos de ésta familia y que su nombre no sea el de un extraño.

Os contaré un secreto: Se ha ganado a pulso ese hueco, si Mario se entera de que mis tres pequeños van a venir a visitarme… se acerca a traerme alguna receta nueva que pueda preparar y compartir con ellos.

Cuando entra en la óptica todos mis compañeros miran de reojillo la bolsa que trae en la mano y se acercan para intentar oler lo que va en su interior. Saben que en la bolsa viene algún plato delicioso que va dejando un camino de olores italianos tras él.
Cuando se va… todos se acercan a preguntarme qué me ha traído en esa ocasión y en una de ellas trajo el plato de hoy…

De la despensa:

(para cuatro duendes)
350 - 400 gr. de pasta alargada, yo he usado fusilli lungui de la marca Garofalo, pero se puede usar espagueti, tagliatelle...
10-12 anchoas.
1 diente de ajo.
1 cucharadita de perejil picado.
Aceite de oliva virgen extra.

Manos a la obra:
1. En una cazuela poner a cocer agua con sal y un chorro de aceite. Cuando el agua entre en ebullición echar la pasta y dejar cocer los minutos aconsejados por el fabricante.

2. En un mortero machacar el ajo (yo quito la raíz del centro para que repita menos), junto con el perejil y 7 u 8 anchoas hasta formar una pasta. Echaremos un buen chorro de aceite y removeremos la mezcla para que se integren los sabores.

3. Una vez cocida la pasta, la escurrimos y echamos la mezcla del mortero. Removemos todo bien en la cazuela y lo dejamos reposar unos minutos.

4. Servir inmediatamente colocando las anchoas sobrantes encima de la pasta.

Moraleja: Ojo con la cantidad de sal que echáis en la pasta. Recordad que la anchoa añadirá mucha potencia al plato.

Y colorín, colorado... esta receta se ha acabado.