martes, 30 de septiembre de 2014

Érase una vez... Costillar de cerdo al horno.


Reabro “Cuentos de sal y pimienta” después de las vacaciones de verano con la otra parte de la madre Cuentacuentos.

Érase una vez un padre que se iba a trabajar por las noches y dejaba a sus dos hijitos acostados en su cama… deseando escuchar los cuentos de su mamá mientras se dormían.

Y es imposible hablar del marido Cuentacuentos y pasar por alto su pueblo y las historias que salen de ahí, toda mi niñez está unida a esas calles porque he pasado muchos veranos “a la verano azul”  en él.

EL PRIMER CUENTO

Érase una vez un niño que nació y vivió los primeros años de su vida en un pueblo muy pequeñito de Toledo.

Cuenta la leyenda que el nombre del pueblo se debe a un moro que vivió por aquellos lares y tenía por nombre Alejo.
Las Navas del moro Alejo y la manía que tenemos en Toledo de acortar las sílabas hicieron que “Las navas del moro Alejo” se convirtiera con el paso del tiempo en Navalmoralejo.

El pueblo está metido entre los montes de Toledo, rodeado de enormes rocas, aunque ahora con el paso de los años las rocas han disminuido de tamaño, o tal vez sea yo y mi perspectiva del mundo lo que ha cambiado…

Para llegar al pueblo tienes que abandonar la carretera comarcal y coger una carretera de un solo carril para ambos sentidos, que se comparte con los que pasean, con algún perro merodeador y que está rodeada de huertas, olivos, chumberas, algún viñedo… 

Un paraje peculiar con puente romano incluído.

Y con tomillo.

Cuando paseas por los alrededores del pueblo, puedes ver que el campo es un mercado de hierbas aromáticas, hay muchísimas plantas de hinojo, romero y tanto tomillo y orégano que si paseas con pantalones largos, al volver a casa, los bajos huelen a tomillo y macarrones. 

Cuando mi padre era niño dejó el colegio para trabajar de pastor, cuidando las ovejas del señorito, igual que hacían sus padres. Muchas noches tocaba dormir en el campo. Con buen tiempo y con mal tiempo. 

Las noches a la intemperie y las penurias infantiles han pasado muchas facturas a la espalda de mi padre, pero hoy quiero quedarme con algo bonito: 

Me quedo con el pequeño pastor  durmiendo bajo un cielo lleno de estrellas, porque el cielo nocturno del pueblo es absolutamente increíble. Jamás de los jamases he visto tantas estrellas, ni tan cerca. Es absolutamente maravilloso. Creo que si eres lo suficientemente alto... puedes tocar la Vía Láctea.


Y bajo ese cielo dormía el pequeño pastor, rodeado de los ingredientes que vamos a utilizar para aromatizar esta receta hecha con su pieza de carne favorita: El tomillo y el romero.

De la despensa:



(para 4 personajes)
Costillar de cerdo (entre kilo y medio y dos kilos).
4 dientes de ajo.
10 bolitas de pimienta negra.
1/2 cucharadita de tomillo seco.
1/2 cucharadita de romero seco.
40 ml. de aceite.
Sal gorda al gusto.

Manos a la obra:
1. En un mortero machacar los dientes de ajo pelados, junto con la sal gorda y la pimienta.
2. Echar en un bote de cristal con tapa el machacado del mortero y añadir las hierbas aromáticas y el aceite. Agitar para que emulsione.
3. Colocar el costillar en una fuente para horno (o directamente en la bandeja, LUEGO HAY QUE LIMPIAR MÁS) y untar todo el costillar con la mezcla. Dejarlo media hora con el "ungüento", para que se adobe un poco la carne y coja el sabor de las especias.
4. Precalentar el horno a 190º. Calor arriba y abajo.
5. Meter la bandeja con la carne en el horno y dejar 35-40 minutos.
6. Dar la vuelta a la carne y dejar otros 35-40 minutos.

Comprobar si está bien cocinada, dependerá mucho del horno que uséis y del tamaño del costillar, conviene que quede jugosa por dentro. Si es necesario dejarla 10 minutos más.

A disfrutar de este costillar a la salud de ese pequeño pastor.

Y colorín, colorado... esta receta se ha acabado.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Érase una vez... Patatas de triple fritura


Bueno… puede parecer que unas patatas fritas no necesitan receta y que no son merecedoras de un cuento. Puede parecer que no tienen nada de especial.

Os equivocáis.

Érase una vez una joven Cuentista, que vivía en la tranquilidad de su Reino. La muy ilusa estaba convencida de que jamás tendría hijos porque su instinto maternal era completamente nulo, estaba atrofiado.

Tenía un dicho: Me considero una persona feliz y afortunada en la vida y aun así sufro y paso penas. No quiero tener un peque y que en el mejor de los casos y siendo tan afortunado como yo, tenga que pasar dolores, desamores y los sufrimientos inevitables que conlleva vivir… Hay que ser muy responsable y educar a un hijo es complicadísimo.

Era tan responsable  y madura que se creía sus palabras. Se sentía en posesión de la verdad.

Pero transcurrieron los años, muchos años que trajeron grandes cambios… el mayor de todos ellos fue que un día Ismael llegó a su Reino.

Y desde entonces su vida se convirtió en VIDA.

A partir de ese momento  su nombre dejó de ser Delia, pasó a llamarse mamá la mayor parte del tiempo. Y comprendió que durante muchos años había estado equivocada, porque tener y educar un hijo es muy complicado pero te llena como nada más puede hacerlo.

Mi pequeño cumple hoy siete alegres años, es pura vitalidad y energía desde que se levanta hasta que se duerme después de escuchar un cuento de su madre Cuentista. Sus cuentos favoritos según sus propias palabras son:  los de “la cabeza de mi mamá” o los de “la cabeza de la abuela Cuentacuentos”.

Si en algún momento he conseguido haceros reír con el blog o he conseguido rozar vuestro corazón con un cuento es por ese pequeño Minichef, porque gracias a él existe “Cuentos de sal y pimienta”. 

El blog de cocina estaba en mi mente, era el segundo que iba a abrir y no quería que pasara lo mismo que con el anterior… me apetecía que fuera algo más que escribir recetas. 
Buscaba una fórmula distinta, algo que me llevara a compartir trozos de la vida con los demás y un día me dijo:

     - Mami... ¿Quieres que te cuente el cuento que me ha enseñado la abuela?
     - Claro mi amor ¿Qué cuento te ha enseñado?
     - ¿Quieres que te cuente un cuento de sal y pimiento?

Cogí mi teléfono, abrí una nota que titulé BLOG DE COCINA  y escribí: “Cuentos de sal y pimienta” y supe que iba a escribir lo que mi hermano bautizó un día con el nombre de “Rececuentos”


Debajo escribí decenas de nombres más, pero no sirvió de nada… Ismael me dio mi VIDA y creó un espacio para que siguiera siendo Delia.

Las patatas que os traigo son muy especiales, lleva su tiempo prepararlas y puedo decir sin lugar a dudas que cuando se clavan los dientes y se oye el megacrujido... os parecerá que se merecen cada minuto invertido. 

La receta es del que seguramente sea mi cocinero favorito: Heston Blumenthal y llevan tres cocciones distintas: Primero se cuecen, luego se fríen en aceite a 130º y por último a 180º. 

Ingredientes:
Patatas.
Sal.
Agua.
Aceite de girasol.

Manos a la obra:
1. Pelar y cortar las patatas (no demasiado finas).
2. Meter 15 minutos las patatas en agua para que suelten el exceso de almidón.
3. Cocer las patatas en agua partiendo de agua fría. Cuando rompa a hervir, bajar la temperatura a fuego medio y dejar 20 minutos. Escurrir.
4. Meter las patatas en el congelador un mínimo de una hora.
5. Echar aceite en una sartén y freírlas durante 5 minutos a 130º. Con esta fritura moderada se forma la corteza pero la patata no se dora. Sacar las patatas.
6. Subir la temperatura del aceite a 180º y freír hasta que se doren. Echar sal y a disfrutar.

Moraleja: Sí, lo sé... tanta historia para preparar unas patatas fritas no está en vuestra mente. Yo pensaba lo mismo hasta que las probé.
Realmente no se tarda tanto tiempo, lo peor es la espera de congelado, podéis hacer una cantidad grande y dejarlas en el congelador para tirar de ellas cuando las queráis, os aseguro que jamás me he comido una patata frita más deliciosa.

Podéis preparar un corte de patatas extragrueso y ponerlas de guarnición con una carne, quedaréis como reyes, la patata queda cocida por dentro y muy crujiente y dorada por fuera.

El tema de las temperaturas... yo soy de las que tienen termómetro de cocina, pero una freidora os facilita la tarea. Si no tenéis ninguna de las dos cosas el "ojometro" también funciona. 
180º es más o menos la temperatura con la que solemos freír y 130º es caliente pero sin burbujear (me vais a linchar con esta receta... lo veo venir).