miércoles, 22 de octubre de 2014

Érase una vez... Supergalleta gigante.


Érase una vez una galleta súper gigante que buscaba un dueño…

Era un dulce muy exigente y necesitaba a alguien especial. Desde siempre había pensado que no servía cualquier persona, por lo que durante mucho tiempo buscó y buscó y nada encontró.

Hasta que un buen día, a finales de octubre, se encontró con una galleta de JackSkellinton. Por lo visto, a principios de noviembre muchas personas celebran una fiesta que se llama Halloween y en las casas se preparan galletas terroríficas, por lo que Jack había salido de paseo.

Hablando con esa terrorífica galleta… se enteró de que existe un Reino de cuentos en el que vive una Cuentista que, aunque no celebra Halloween, conoce muchos seres y personajes mágicos. Por lo visto vive en un reino repleto de hadas, ogros y elfos. La galleta Skellington le dijo:

-          ¿Por qué no te acercas a hablar con la Cuentista? Seguramente ella conozca algún personaje que sea adecuado para tu tamaño…

Ni corta ni perezosa y pensando que era una idea estupenda, se puso en contacto con ella. La Cuentista no tuvo que perder tiempo pensando en la persona adecuada, sabía quién era la dueña perfecta para esa galleta súper gigante. María.

María cumplía los requisitos necesarios porque era Súper y Gigante. Exactamente igual que la galleta.

SÚPER amiga del hijo de la Cuentista y GIGANTE de corazón.

Hoy cumple siete maravillosos años, de los cuales cuatro nos ha permitido disfrutar de su anarquía. María es una personita divertida, con una ideología muy personal y una forma de ver la vida fuera de lo habitual, lleva el mundo por montera.

Felicidades María… ¡¡Gracias por acordarte y darme tu invitación para ir a jugar al Divertipark con vosotros!!


De la despensa:


250 gr. de galletas tipo digestive.
175 gr. de mantequilla derretida.
2 cucharadas de cacao en polvo (opcional).
2 ó 3 cucharadas de arándanos deshidratados. 
100 gr. de chocolate negro, yo lo uso en perlas.
Leche condensada. (cantidad al gusto)
Mermelada de limón. (cantidad al gusto)

Manos a la obra:
1. Meter las galletas en una bolsa con autocierre y pasar un rodillo o una botella de cristal por encima para desmenuzarlas. (También se puede hacer a mano).
2. Echar las dos cucharadas de cacao en la mantequilla derretida, mezclar y añadir las galletas molidas integrando bien todo.
3. Forrar la base de un molde redondo (lo ideal es que sea de base desmontable) con papel de horno. Echar la mezcla de galletas y mantequilla. Aplastar bien para compactar la masa con una cuchara o con las manos humedecidas.
4. Trocear el chocolate “groseramente”. Echar los arándanos y los trocitos de chocolate repartidos por la galleta.
5. Con una cuchara coger leche condensada y dibujar líneas, zig zag... sobre la galleta (desaparecen con el horneado)
6. Colocar “pegotitos” del tamaño de una alubia con la mermelada de limón repartidos por la galleta.
7. Meter en el horno precalentado a 160º durante 20-25  minutos.

Dejar enfriar y a disfrutar de una deliciosa galleta gigante que busca personas que sepan ser súper amig@s y tengan un corazón gigante. ¿Eres tú uno de ellos?

Moraleja: Es una receta tan sencilla que la pueden hacer los peques de la casa. La mezcla de la dulce leche condensada, la ácidez del limón y el arándano, el amargor del chocolate… Os encantará.
Podéis trocear algún fruto seco y añadirlo antes de hornear y queda deliciosa, las almendras quedan increíblemente buenas.

También podéis romper la galleta en trozos grandes y desiguales… colocáis unas cucharadas de yogur griego (o helado) y os sirve como un postre fácil y resultón.


viernes, 17 de octubre de 2014

Érase una vez... un cucurucho de castañas.


Érase una vez una Cuentista que no sabía qué hacer.

Un día como hoy, otro 17 de octubre de hace unos cuantos años, nació una niña morena de grandes ojos negros. 

Es viernes, no toca receta... pero no es un día cualquiera en mi mundo de cuentos. 

Hoy es el cumpleaños de la madre Cuentacuentos y llevo días pensando en poner una receta (aunque no toque), una de sus películas favoritas, o una entrada normal de viernes sobre cocina, la posibilidad que más fuerza tenía ayer era la de no poner nada. 

Y al final ha ganado un sentimiento.

Voy a compartir con todos vosotros unas castañas asadas, mejor dicho... el sentimiento que provocan en la Cuentista el olor de las castañas asadas.

Érase una vez una Cuentista que vivía en un mundo de cuentos. Un buen día, con el otoño, llegó a su reino un pequeño precioso, de sonrisa gamberra y ojos expresivos.
El otoño siempre fue su estación del año favorita, cuando llega el viento soplando fuerte, agitando las hojas de los árboles hasta hacerlas caer.

…Y pisarlas... pisar esa hoja seca y hacerla crujir es uno de sus placeres secretos. Aunque os contaré algo: si la hoja no cruje se enrabieta un poco...

Con el otoño llegan las castañas. Con las castañas, llegan los puestos ambulantes en los que puedes comprar un cucurucho de periódico con una docena de ellas que te calientan las manos. Un pequeño cucurucho de papel consigue que las penas pesen menos... o las alegrías más... 

Y ahí va el sentimiento que quiero enviar hoy a esa morena de grandes ojos negros: La primera vez que salí a la calle, tras nacer el pequeño de la casa, acababa de entrar el otoño. Recorrí mi calle orgullosa del regalo que llevaba conmigo y al llegar a la plaza olí las primeras castañas asadas del año. 

Desde ese día... cada otoño... la primera vez que huelo las castañas asadas un pequeño latido me recuerda que su nieto trajo ese olor con él.

Felicidades mamá.


martes, 14 de octubre de 2014

Érase una vez...Almejas en su jugo


Érase una vez un pequeño pastor que vivía y cuidaba de las ovejas en un pueblo de los Montes de Toledo.

Su familia era muy humilde y la vida en un pueblo tan escondido no daba para tener una dieta variada, muchos alimentos no llegaban a un rincón tan recóndito.

Con el tiempo la familia quiso mejorar su calidad de vida y escaparon al mejor pueblo de la provincia: Talavera de la Reina. Años más tarde el pastor conocería allí a la reina de Talavera, la que ocupó su corazón y su vida, una tal “madre Cuentacuentos”.

… Pero esa es otra historia…

De momento nos quedaremos con su llegada a Talavera y con todas las cosas que conoció en esa nueva vida, algunas tan básicas como los alimentos del mar, algo que nunca había probado. Entre ellos el marisco.

Acostumbrado a comer pocas carnes, algunos huevos y los cereales y legumbres del campo, se enamoró del marisco al primer bocado y ese amor (al igual que el que siente por la reina de Talavera de la Reina) también perdura… le encanta rechupetear, sorber y el sabor a mar.

Las almejas en su jugo es una receta sencilla que la madre Cuentacuentos prepara como aperitivo cuando su hija, la Cuentista, se lo pide. Y como el pastor lo sabe… hay veces que llama en secreto a su hija y dice:

-          Hija… ¿Por qué no le pides a tu madre que haga hoy unas almejas? Ya sabes que si se lo pides tú, las prepara inmediatamente.

Y así entre el pastor y la Cuentista se camelan a la cocinera y ambos disfrutan de este delicioso plato.

Para degustarlo como es debido es obligatorio llevar a cabo un ritual, este consiste en utilizar una de las conchas vacías a modo de cuchara para tomarse el caldo… 

Pero recordad: Es un secreto entre un Pastor y una Cuentista... si algún día os cruzáis con la madre Cuentacuentos... actuad con disimulo...

De la despensa:


3 cucharadas de aceite.
500 gr. de almejas.
2 dientes de ajo.
Media cucharada de perejil fresco picado.
Sal.

 Manos a la obra:

 1. Meter las almejas en agua fría con un puñado de sal. Dejarlas una hora en remojo, de esta manera soltarán toda la arena. Meter el envase en el frigorífico si en la cocina la temperatura es alta. Escurrir las almejas pasado el tiempo, yo suelo echar agua del grifo en el envase y dejar que rebose bastante antes de escurrirlas.
2. En una sartén echar las cucharadas de aceite y añadir los ajitos picados.
3. Echar las almejas y tapar inmediatamente, yo uso una tapadera de cristal.
4. Cuando se empiecen a abrir (lo hacen enseguida) se quita la tapa, se echa el perejil, se vuelve a tapar y se retira del fuego.
5. Dejar reposar un par de minutos, servir y a disfrutar. (No olvidéis el ritual)

Moraleja:
Cuando Sonia llegó a nuestras vidas el pequeño pastor (que ya no era pequeño) vio el cielo abierto... ambos coinciden en su gran amor a los alimentos que tienen sabor a mar. Las pipas (percebes) están dentro de sus favoritos, yo reconozco que no he probado uno en mi vida....

viernes, 10 de octubre de 2014

Érase una vez... el curry


Hoy es viernes y ya sabéis que no toca cuento, vuelvo a los viernes de "de todo un poco" y me he decidido por una de "escuela de cocina".

Dentro de unas semanas prepararé la receta de un curry indio y antes de hacerlo necesitaba compartir con todos vosotros lo que es.

Normalmente todos pensamos que el curry es ese condimento de color ocre que compramos en bote, o al peso, en algunas tiendas y que llegó a Europa en el siglo XIX de mano de los ingleses.

Cierto es, que esa mezcla de especias se comercializó fuera de la India con el nombre de curry, pero allí el curry es algo completamente diferente.

En la India, la mezcla de especias secas y molidas se llama Garam Masala y aunque la base suele contener algunas especias comunes... cada casa tiene la suya propia que pasa de madres a hijas sucesivamente.

Curry en realidad significa "salsa" y es un término que sirve para nombrar numerosos platos más o menos caldosos de carne, de pescado y de verduras que se complementan con arroz o pan. Se podría comparar con nuestros estofados o guisos.
Los curries deben su delicioso aroma a las mezclas de especias minuciosamente calculadas y a la consistencia precisa que se consigue con leche de coco, puré de cebolla, yogur... Al igual que ocurre con los Garam Masala, varían dependiendo de las regiones y las casas. Muchos tienes recetas ancestrales que han ido pasando de generación en generación.

Ya os podéis imaginar lo muchísimo que me gusta todo esto para nuestro particular mundo de cuentos.

Me encanta imaginar que podemos preparar un curry y saborear con él un trocito de otro mundo, una receta maravillosamente mimada, preparada con infinito amor por madres, abuelas y bisabuelas mientras se las enseñan a las hijas para que no se pierdan.

Pues bien... como en mi mundo de cuentos cocinan más los chicos que las chicas... voy a romper un poquito la tradición y dentro de poco voy a dedicar a "mis chicos" un curry.

Voy a intentar ser esa persona para vosotros, dejadme ser la madre que enseña a sus hijos su mezcla de especias, nuestra propia receta familiar de curry...

Los ingredientes ya están pensados y las especias huelen en mi despensa.


martes, 7 de octubre de 2014

Érase una vez... Cochinita pibil.


Érase una vez una Cuentista que estaba en deuda con un hada.

Cuando nuestro Reino fue creado, la Cuentista recibió un buen día la visita de un personaje que vivía en un Reino vecino en el que se manejaban la Ciencia y los experimentos, su nombre era Seoane y con su magia se transformó en hada.

En una de las visitas, la Cuentista le pidió una receta para poder escribir un cuento para ella. El hada contestó que no sabía si iba a poder ofrecer una, por lo visto no era una gran amante de la cocina y reconocía que muchas veces preparaba cualquier cosa para cenar o tiraba de “burritos mejicanos”.

Así empezó todo...

Nuestra pequeña cuentista decidió aprender a preparar auténticos “burritos” para poder escribir un cuento a Seoane y, como es más terca que una mula de tiro, se metió de lleno en el maravilloso mundo de la comida mexicana.

Ni corta ni perezosa, quiso aprender a hacer las tortillas (dentro de poco os las prepararé) y buscó las verdaderas recetas que se comen allí. Y así encontró la receta de “La cochinita pibil”.
Por estas casualidades que siempre se dan en nuestro Reino… se enteró de que justo "esa" era la receta que solía pedir Seoane.

Lo primero que aprendió fue a llamarlos por su nombre: “tacos” y aunque no sabe si habrá conseguido algo merecedor de ese nombre… por lo menos lo ha intentado y ha estudiado mucho. Ha sido capaz de encontrar ingredientes de los que nunca había oído hablar y que no sabía el sabor que tenían.


Seoane… esto va por ti. 

Aunque desde hace un tiempo visitamos nuestros Reinos mutuamente, jamás nos hemos visto las caras. Espero que te guste, he preparado esta receta con muchísimo cariño y he dedicado horas a intentar conseguir algo que te acerque un poco a México, tierra en la que sé que tienes familia. 

Pide que sean benévolos conmigo y me critiquen con cariño... 


De la despensa:

1 kilo de aguja de cerdo. (en la receta original "cabeza de lomo de puerco")
500 ml. de zumo de naranja natural.
175 ml. de vinagre de vino.
50 gr. de achiote.
Una cabeza de ajos.
Dos cayenas (en la receta original ponía unos impensables, para el paladar europeo, 100 gr. de chiles guajillos)
Dos cucharadas de aceite vegetal.
Sal y pimienta al gusto.

La cochinita que he encontrado se acompaña de una salsa hecha con zumo de limón, cebolla morada y chiles habaneros.

Manos a la obra:
1. Cortar la carne en tacos de unos dos centímetros. Salpimentar al gusto.
2. Poner a fuego fuerte una olla, echar las dos cucharadas de aceite y cuando esté caliente sellar la carne y dejarla a fuego medio unos 15 minutos, removiendo para que se caramelice bien.
3. En un vaso de batidora echar el zumo de naranja, el vinagre, los dientes de ajo pelados, el achiote, la cayena (o los chiles guajillos) y sal. Batir todo y verter sobre la carne sellada.
4. Tapar la olla y cuando suba la válvula bajar a fuego medio. Cocinar 45 minutos. Apagar la olla una vez transcurrido el tiempo y dejar que se enfríe.
5. Deshebrar la carne y colocarla en una fuente, si ha quedado jugo echarlo por encima y prepararos para disfrutar de un plato delicioso.

Moraleja:
Comprendo que alguno de los ingredientes son difíciles de encontrar y por ese motivo sustituyo el chile guajillo por cayena (que me perdonen los mexicanos que lean el blog). 
El achiote es imprescindible e insustituible, tiene un maravilloso y característico sabor. En verano compré varias cajas y ya he repartido para mi hermano, para nuestro cocinero novato y para Silvia que me pilló en la primera prueba. Si alguien más se decide a prepararla... me comprometo a enviaros una cajita si me decís dónde debo enviarla... 
Me encanta esta receta, la preparo muchas veces desde que cayó en mis manos, me gusta tanto que me encantaría que probarais a hacerla. 


martes, 30 de septiembre de 2014

Érase una vez... Costillar de cerdo al horno.


Reabro “Cuentos de sal y pimienta” después de las vacaciones de verano con la otra parte de la madre Cuentacuentos.

Érase una vez un padre que se iba a trabajar por las noches y dejaba a sus dos hijitos acostados en su cama… deseando escuchar los cuentos de su mamá mientras se dormían.

Y es imposible hablar del marido Cuentacuentos y pasar por alto su pueblo y las historias que salen de ahí, toda mi niñez está unida a esas calles porque he pasado muchos veranos “a la verano azul”  en él.

EL PRIMER CUENTO

Érase una vez un niño que nació y vivió los primeros años de su vida en un pueblo muy pequeñito de Toledo.

Cuenta la leyenda que el nombre del pueblo se debe a un moro que vivió por aquellos lares y tenía por nombre Alejo.
Las Navas del moro Alejo y la manía que tenemos en Toledo de acortar las sílabas hicieron que “Las navas del moro Alejo” se convirtiera con el paso del tiempo en Navalmoralejo.

El pueblo está metido entre los montes de Toledo, rodeado de enormes rocas, aunque ahora con el paso de los años las rocas han disminuido de tamaño, o tal vez sea yo y mi perspectiva del mundo lo que ha cambiado…

Para llegar al pueblo tienes que abandonar la carretera comarcal y coger una carretera de un solo carril para ambos sentidos, que se comparte con los que pasean, con algún perro merodeador y que está rodeada de huertas, olivos, chumberas, algún viñedo… 

Un paraje peculiar con puente romano incluído.

Y con tomillo.

Cuando paseas por los alrededores del pueblo, puedes ver que el campo es un mercado de hierbas aromáticas, hay muchísimas plantas de hinojo, romero y tanto tomillo y orégano que si paseas con pantalones largos, al volver a casa, los bajos huelen a tomillo y macarrones. 

Cuando mi padre era niño dejó el colegio para trabajar de pastor, cuidando las ovejas del señorito, igual que hacían sus padres. Muchas noches tocaba dormir en el campo. Con buen tiempo y con mal tiempo. 

Las noches a la intemperie y las penurias infantiles han pasado muchas facturas a la espalda de mi padre, pero hoy quiero quedarme con algo bonito: 

Me quedo con el pequeño pastor  durmiendo bajo un cielo lleno de estrellas, porque el cielo nocturno del pueblo es absolutamente increíble. Jamás de los jamases he visto tantas estrellas, ni tan cerca. Es absolutamente maravilloso. Creo que si eres lo suficientemente alto... puedes tocar la Vía Láctea.


Y bajo ese cielo dormía el pequeño pastor, rodeado de los ingredientes que vamos a utilizar para aromatizar esta receta hecha con su pieza de carne favorita: El tomillo y el romero.

De la despensa:



(para 4 personajes)
Costillar de cerdo (entre kilo y medio y dos kilos).
4 dientes de ajo.
10 bolitas de pimienta negra.
1/2 cucharadita de tomillo seco.
1/2 cucharadita de romero seco.
40 ml. de aceite.
Sal gorda al gusto.

Manos a la obra:
1. En un mortero machacar los dientes de ajo pelados, junto con la sal gorda y la pimienta.
2. Echar en un bote de cristal con tapa el machacado del mortero y añadir las hierbas aromáticas y el aceite. Agitar para que emulsione.
3. Colocar el costillar en una fuente para horno (o directamente en la bandeja, LUEGO HAY QUE LIMPIAR MÁS) y untar todo el costillar con la mezcla. Dejarlo media hora con el "ungüento", para que se adobe un poco la carne y coja el sabor de las especias.
4. Precalentar el horno a 190º. Calor arriba y abajo.
5. Meter la bandeja con la carne en el horno y dejar 35-40 minutos.
6. Dar la vuelta a la carne y dejar otros 35-40 minutos.

Comprobar si está bien cocinada, dependerá mucho del horno que uséis y del tamaño del costillar, conviene que quede jugosa por dentro. Si es necesario dejarla 10 minutos más.

A disfrutar de este costillar a la salud de ese pequeño pastor.

Y colorín, colorado... esta receta se ha acabado.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Érase una vez... Patatas de triple fritura


Bueno… puede parecer que unas patatas fritas no necesitan receta y que no son merecedoras de un cuento. Puede parecer que no tienen nada de especial.

Os equivocáis.

Érase una vez una joven Cuentista, que vivía en la tranquilidad de su Reino. La muy ilusa estaba convencida de que jamás tendría hijos porque su instinto maternal era completamente nulo, estaba atrofiado.

Tenía un dicho: Me considero una persona feliz y afortunada en la vida y aun así sufro y paso penas. No quiero tener un peque y que en el mejor de los casos y siendo tan afortunado como yo, tenga que pasar dolores, desamores y los sufrimientos inevitables que conlleva vivir… Hay que ser muy responsable y educar a un hijo es complicadísimo.

Era tan responsable  y madura que se creía sus palabras. Se sentía en posesión de la verdad.

Pero transcurrieron los años, muchos años que trajeron grandes cambios… el mayor de todos ellos fue que un día Ismael llegó a su Reino.

Y desde entonces su vida se convirtió en VIDA.

A partir de ese momento  su nombre dejó de ser Delia, pasó a llamarse mamá la mayor parte del tiempo. Y comprendió que durante muchos años había estado equivocada, porque tener y educar un hijo es muy complicado pero te llena como nada más puede hacerlo.

Mi pequeño cumple hoy siete alegres años, es pura vitalidad y energía desde que se levanta hasta que se duerme después de escuchar un cuento de su madre Cuentista. Sus cuentos favoritos según sus propias palabras son:  los de “la cabeza de mi mamá” o los de “la cabeza de la abuela Cuentacuentos”.

Si en algún momento he conseguido haceros reír con el blog o he conseguido rozar vuestro corazón con un cuento es por ese pequeño Minichef, porque gracias a él existe “Cuentos de sal y pimienta”. 

El blog de cocina estaba en mi mente, era el segundo que iba a abrir y no quería que pasara lo mismo que con el anterior… me apetecía que fuera algo más que escribir recetas. 
Buscaba una fórmula distinta, algo que me llevara a compartir trozos de la vida con los demás y un día me dijo:

     - Mami... ¿Quieres que te cuente el cuento que me ha enseñado la abuela?
     - Claro mi amor ¿Qué cuento te ha enseñado?
     - ¿Quieres que te cuente un cuento de sal y pimiento?

Cogí mi teléfono, abrí una nota que titulé BLOG DE COCINA  y escribí: “Cuentos de sal y pimienta” y supe que iba a escribir lo que mi hermano bautizó un día con el nombre de “Rececuentos”


Debajo escribí decenas de nombres más, pero no sirvió de nada… Ismael me dio mi VIDA y creó un espacio para que siguiera siendo Delia.

Las patatas que os traigo son muy especiales, lleva su tiempo prepararlas y puedo decir sin lugar a dudas que cuando se clavan los dientes y se oye el megacrujido... os parecerá que se merecen cada minuto invertido. 

La receta es del que seguramente sea mi cocinero favorito: Heston Blumenthal y llevan tres cocciones distintas: Primero se cuecen, luego se fríen en aceite a 130º y por último a 180º. 

Ingredientes:
Patatas.
Sal.
Agua.
Aceite de girasol.

Manos a la obra:
1. Pelar y cortar las patatas (no demasiado finas).
2. Meter 15 minutos las patatas en agua para que suelten el exceso de almidón.
3. Cocer las patatas en agua partiendo de agua fría. Cuando rompa a hervir, bajar la temperatura a fuego medio y dejar 20 minutos. Escurrir.
4. Meter las patatas en el congelador un mínimo de una hora.
5. Echar aceite en una sartén y freírlas durante 5 minutos a 130º. Con esta fritura moderada se forma la corteza pero la patata no se dora. Sacar las patatas.
6. Subir la temperatura del aceite a 180º y freír hasta que se doren. Echar sal y a disfrutar.

Moraleja: Sí, lo sé... tanta historia para preparar unas patatas fritas no está en vuestra mente. Yo pensaba lo mismo hasta que las probé.
Realmente no se tarda tanto tiempo, lo peor es la espera de congelado, podéis hacer una cantidad grande y dejarlas en el congelador para tirar de ellas cuando las queráis, os aseguro que jamás me he comido una patata frita más deliciosa.

Podéis preparar un corte de patatas extragrueso y ponerlas de guarnición con una carne, quedaréis como reyes, la patata queda cocida por dentro y muy crujiente y dorada por fuera.

El tema de las temperaturas... yo soy de las que tienen termómetro de cocina, pero una freidora os facilita la tarea. Si no tenéis ninguna de las dos cosas el "ojometro" también funciona. 
180º es más o menos la temperatura con la que solemos freír y 130º es caliente pero sin burbujear (me vais a linchar con esta receta... lo veo venir).

martes, 5 de agosto de 2014



Hoy cierro el primer ciclo de "Cuentos de sal y pimienta"... Lo que con patatas empieza, con patatas acaba.

Y lo hago con un broche de oro. La receta de los dos hermanos Cuentistas, su comida favorita desde la niñez, las patatas con pollo de los sábados.

Me he pensado mucho poner esta receta porque es de familia, de nuestra casa, una receta sencilla y barata que nos ha acompañado a lo largo de nuestra vida y que sigue guardando el alma de mi madre y a su vez de la suya. 

Estas patatas son a los hermanos Cuentistas lo que las "patatas en to crudo" son a la madre Cuentacuentos.

Cedo la palabra a mi hermano, mi almohada... La persona que durante toda mi vida se ha tragado mis lágrimas, me ha protegido de los miedos y ha permanecido callado acariciando mi cara por las noches cuando lo he necesitado. 

No se me ocurre mejor broche, un cuento del otro Cuentista, una receta sencilla de familia preparada por él para mí. 

La foto está hecha por mí, pero el encuadre y el enfoque son de Pablo (Chivillo... siento que no lleve marca de agua ni marco... ha muerto mi Photoshop) y lleva trozos de nuestra niñez y de los "indispensables": Nuestros libros favoritos, un vaso de coca cola y un buen trozo de pan. 

Os dejo con el otro Cuentista. Nos vemos en otoño....



Me temo que no hay un cuento concreto asociado a esta receta, salvo que llevo comiéndola desde que tengo uso de razón (por favor, obviad el chiste fácil). Naturalmente, se han acumulado anécdotas a su alrededor, algunas relacionadas con la señora cuentista, otras con mi madre y ahora con Sonia y Laura. Voy a contaros algunas lo más brevemente posible:

Con la cuentista: mi hermana es casi 5 años mayor que yo y con un carácter mucho más cabra loca, yo siempre he sido más prudente y tranquilo, más moderado. Cuando éramos pequeños, no siempre teníamos en la mesa bebidas gaseosas como ahora, así que cuando mi madre nos las ponía en la mesa era bastante especial. A mí me gustaba condurar (palabra muy usada por mi madre) la bebida hasta el final de la comida y acabármela con un trago largo. Cabra Loca Cuentista no hacía eso, pero se aprovechaba de su mayor conocimiento de la vida para decirme “¿Hacemos un carrera a ver quién se acaba la bebida antes?” Yo picaba como un pardillo una y otra vez y me la bebía, mientras ella se dejaba un buen sorbo para el final, haciendo que bebía pero sin beber, y yo me terminaba la comida sin nada de nada de bebida. Asocio este bonito gesto a esta comida, aunque creo que lo hacía cada vez que teníamos refrescos en la mesa. A pesar de esto, mi hermana es una de las personitas que más quiero en este mundo.

Con nuestra madre: mi madre cocina muy bien, pero supongo que después de tantos años cocinando y repitiendo recetas, a todos nos apetece innovar. A ella no se le ocurrió otra cosa que profanar este sagrado plato añadiendo por sorpresa nuez moscada. Creo que mis gritos todavía resuenan a la altura de Saturno. Mi madre tiene estas cosas, recuerdo que antes me cortaba ella el pelo y, teniendo yo alrededor de 20 años y el pelo largo (a los lados de la cabeza sobre todo), le dije que me cortara las puntas y le puse un dedo en PARALELO al suelo como referencia. Pues bien, ella decidió poner el dedo en PERPENDICULAR al suelo y cortar lo que le vino en gana. Esta vez, en vez de gritar le pegué un cariñoso pisotón en el pie. A pesar de esto, mi madre es la mejor madre que existe y una de las personitas que más quiero en este mundo.

Con mi madre y Cabra Loca cuentista: nuevamente, aprovechándose de mi inocencia infantil, y con el único objetivo de que fuera yo quien realizara el trabajo, me decían que yo preparaba muy bien el machacado de ajo y perejil, para inflamar mi orgullo y que siguiera haciéndolo. Y sigo queriéndolas, a pesar de esto.

Con mi mujer, Sonia: lamento decir que a ella no le gusta nada este guiso, lo que da más mérito al hecho de que consiga prepararlo un mínimo de 3 veces al mes. Durante un tiempo, a ella le preparaba arroz con pollo, dado que el guiso es el mismo, pero eso ya pasó y la pobre tiene que tragar con mi comida favorita varias veces al mes. A pesar de esto, Sonia todavía me quiere y, gracias a esto y otras muchas cosas, yo también a ella.

Con Laura: sencillamente, mi niña es la persona más agradecida del mundo para el que cocine ese día en casa, le encanta comer y siempre le gusta lo que le hacemos y no deja nada en el plato. Es la persona que más quiero del universo.



Ingredientes:
(para 3 comensales)
    
Ver fotografías para referencias (medida estándar boli Bic) sobre los tamaños.












3 ó 4 patatas dependiendo del tamaño.
1 diente de ajo.
1 pimiento verde.
1 cebolla o cebolleta.
Media pechuga de pollo.
Aceite de oliva virgen extra.
60 ml de vino blanco para cocinar (sustituible por la misma cantidad de cerveza).
Colorante alimentario.

Manos a la obra:
1.       Cortar la pechuga de pollo en trozos. Si fueran dados, serían de unos 2 centímetros de lado para que os hagáis una idea.
2.       Picar la cebolla y el pimiento en Brunoise. :-D
3.       Cubrir de aceite el fondo de la olla que vayáis a utilizar y poner a calentar. Ojo que el aceite se reparte solito, no os paséis con la cantidad. Con el aceite caliente, echar el pollo para dorarlo. Yo suelo poner el fuego al 7 (en una escala de 0 a 9) en este punto, es decir, al echar el pollo.
4.       Cuando el pollo esté dorado (que no hecho por dentro, luego se cocerá), añadiremos el pimiento y la cebolla y bajamos el fuego al 6. Dejaremos que la verdura se cocine (se poche) poniendo sal al gusto.
5.       Aprovecharemos este momento para preparar en un mortero un machacado con el ajo y un poco de perejil picado. La cantidad de perejil es difícil de medir, yo uso del que venden seco en los tarros de las especias y suelo poner tres “golpes” del botecito. No puedo ser más preciso en esto. Una vez listo el machacado, añadimos el vino blanco y reservamos el conjunto.
6.       También os debe dar tiempo a pelar las patatas en este rato de pochado de verduras. Si no lo tenéis claro, pelarlas tras el punto 2.
7.       Cuando la verdura este tierna (yo incluso espero a que empiece a tostarse) añadimos el machacado que teníamos reservado en el mortero.
8.       Troceamos las patatas directamente dentro de la olla en la que estamos cocinando, en trozos de un centímetro y medio aproximado y siguiendo la técnica de que justo cuando vamos a finalizar el corte de un trozo, lo arrancamos en vez de cortar hasta el final. Según parece, esto hace que por la parte arrancada la patata suelte más almidón en la cocción y se espese el caldo y, además, absorbe mejor el agua y se cuece mejor.
9.       Una vez troceada la patata y tras comprobar que se ha evaporado la mayor parte del alcohol del vino (comprobación visual, me temo), añadimos agua hasta cubrir las patatas. Subimos el fuego al 9 y añadimos el colorante alimentario hasta que el guiso coja un tono amarillo anaranjado.
10.   Cuando el caldo empiece a hervir, bajamos el fuego al 5.5 o 6 y tapamos dejando una rendija para que “respire”. Dejamos cocer 30 minutos.
11.   Probamos el punto de sal y nos aseguramos que la patata esté tierna.
12.   Servimos en plato hondo.

Es un guiso caliente, aunque yo lo coma todo el año, os recomiendo prepararlo un día fresquito.
Y ahora ya podéis hacer sangre con mis explicaciones, no esperaría menos de cuentistas, Maléficas, novatos, esposas y demás especímenes que rondan el blog.

      

martes, 29 de julio de 2014

Érase una vez.... Tarta de queso


Érase una vez una familia de Cuentistas que vivía en Madrid y cuando tenía tiempo libre cogía carretera y manta y se iban a Cantabria a descansar del ruido, el tráfico y los agobios de Madrid.

Hace años, la mamá Cuentacuentos compró una pequeña casita en Luena, la restauró y aunque al principio tenía pocas comodidades (mas bien ninguna) los hijos Cuentistas subían con sus amigos a disfrutar del silencio, los árboles y el verde.

Recuerdo perfectamente un fin de semana de invierno sin luz y sin calefacción. Hacía tanto frío que para intentar dormir se arroparon con todas las mantas, abrigos, bufandas y todo “lo de tela” que encontraron por la casa, utilizaron hasta las servilletas de cocina. Durmieron poco ya que solo podían dejar fuera de la montaña de ropa la parte de la cabeza que llega hasta la nariz y eso porque suele ser necesaria para respirar.

Ahora la casa tiene luz, demos gracias a las compañías eléctricas por algo, no todo van a ser críticas hacia ellas…

Ya conocéis a la protagonista de éste cuento, es Sonia. La cuñada de la cuentista y hacedora del riquísimo cocido madrileño.
Vaya por delante que Sonia es una de las personas más miedosas del mundo.

No queda más remedio que describir un poco el entorno de la casa de la mamá Cuentacuentos para poner las cosas en contexto. Voy a tratar de explicarlo bien porque es necesario imaginar el escenario para entender lo que pasó esa noche marcada por la niebla.

Es una casita pequeña. Desde la puerta lo que se ve realmente es un trozo del camino y detrás de él una pared de piedra recubierta de flores, un laurel de cuatro metros de altura y plantas.

Por la forma montañosa del terreno, no se puede ver quién llega hasta que no lo tienes relativamente cerca.

Por esas casualidades de la vida, en la fachada de la casa había una farola intermitente. De vez en cuando se apagaba y dejaba todo a oscuras, la noche solo quedaba iluminada por la luz que salía de las ventanas.
Y por esas mismas casualidades de la vida… el hermano de la Cuentista y su mujer Sonia tienen perro: Gus.

En zona de montaña sacar al perro solo requiere abrir la puerta, que el perro salga y esperar en el umbral a que vuelva tranquilamente de su paseo.

Una vez descrito todo esto… nos vamos a la noche en cuestión. Una preciosa y blanca niebla cubría el valle y los robles esa noche. Sonia decidió sacar a Gus y por algún extraño motivo el perro no quería alejarse de la casa.

A los pocos minutos Gus empezó a gruñir asustado, mirando hacia la curva del camino, con el cuerpo en tensión, en ese momento, un sonido de pasos y arrastre llegó a Sonia desde la izquierda. El gruñido de Gus, la niebla rodeando todo y el sonido de pasos hizo que todo el vello del cuerpo se le erizara.

De repente una silueta empezó a formarse desde la curva, una sombra oscura y compacta de paso renqueante. Sonia, con el miedo en el cuerpo, pudo apreciar que la figura llevaba una guadaña sobre el hombro y tiraba de una cuerda y sintió que la parca había llegado. La muerte estaba delante de la casa y venía a por ella. Y en ese preciso instante la farola se apagó.

No quiero imaginar la cara que debió poner.

Cada vez que Kiko intenta describir la expresión de Sonia pensando que era “el señor muerte” acercándose para llevarla a otros mundos, siempre se troncha de risa y no puede explicar bien la cara de absoluto terror de Sonia.

Años después se sigue recordando el episodio por la zona. Con el tiempo la historia se ha convertido en leyenda, la leyenda en mito y se sigue relatando delante de la chimenea. Y por supuesto Kiko sigue doblándose de la risa al recordar la cara de Sonia.


Y la receta de hoy tiene su propia historia, porque en uno de esos viajes conocimos un restaurante al que seguimos yendo bastante en Vega de Pas. La primera vez que probamos su tarta de queso nos enamoró inmediatamente.

Una tarde, después de comer, nos sentamos en una terracita en la plaza a tomar un café. Caía la noche y recuerdo perfectamente un comentario de Sonia (la parca no se la llevó): Solo por ésta tarta ya merecería la pena vivir aquí.

Unos años después eso se convirtió en realidad y unos años "más después" aquí tenéis la receta de la tarta, cortesía de Sonia (ya sabéis... la de la parca).

Y hoy es el cumpleaños de Sonia y si al levantarme de la cama miro al otro lado del pasillo puedo verla. Tengo la inmensa suerte de tenerla en casa conmigo hoy... de poder celebrarlo juntos, sin tener que tirar de teléfono.

Mi cuento de hoy es para ti chivilla. FELICIDADES.


De la despensa:
Para la base:

1/2 paquete de galletas tipo Digestive.
80 gr. de mantequilla a temperatura ambiente.
Para la tarta:

400 gr. de leche condensada.
250 gr. de queso Philadelphia. 
Zumo de dos limones.
Mermelada de fresas. 

Manos a la obra:
1. Deshacer las galletas con los dedos o machacadas con el mazo del mortero.
2. Mezclar las galletas con la mantequilla y colocarlas en un molde de base desmontable de 26-28 cm de diámetro. (O lo que tengáis que os pueda servir, yo pongo lo "políticamente correcto".
3. Batir el queso con la leche condensada utilizando el brazo de la batidora de toda la vida.
4. Añadir el zumo de los limones para que la mezcla se espese. Es inmediato. 
5. Verter la mezcla sobre la base de galletas que tenemos en el molde y guardar en el frigorífico. Necesita como mínimo un par de horas.
6. Una vez cuajada, echar la mermelada por encima. 

Moraleja: Yo no usé mermelada, puse en un cazo los ingredientes del coulis sin batir, con las fresas en trocitos y lo dejé cociendo a fuego lento hasta que espesó a mi gusto.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.



miércoles, 23 de julio de 2014

Érase una vez... Agua de tomate


"Pica en la lengua mami".

Esas fueron las palabras que dijo el hijo de la Cuentista el día que el agua de tomate tocó su lengua por primera vez.

"Son las segundas mami".

Esas fueron las palabras que dijo el hijo de la Cuentista unos días después cuando colocó por orden de preferencias sus platos favoritos. Que son, en estricto orden de mejor a menos mejor:

Un plato de patatas fritas.
El agua de tomate.
Una bolsa de "fantasmicos".

Alguna vez nuestra Cuentista ha comentado lo absurdamente terca y cabezota que es.

Pues bien, el agua de tomate es una de las recetas que más quebrantos le ha costado, ha tenido que tirar de Pablo, Seoane y de todas las personas que conoce que tienen mucha conexión con la física y los experimentos. Y lo peor de todo es que se ha tenido que rendir. Ha conseguido hacer la receta de una manera fácil… pero no es la que quería.

Con el cambio hemos ganado todos, pero su tozudez y orgullo han perdido.

La primera vez que supo de la existencia de esta receta fue a través de los gemelos Torres y su curiosidad cocineril hizo que buscara medios para conseguir que saliera perfecta y de una manera fácil.

El agua de tomate es un jugo que se separa del zumo y de la pulpa de los tomates triturados. Contra todo pronóstico no es de color rojo, tiene un color parecido al cava, debe quedar transparente y sin turbiedades si está bien hecho.

Por algún motivo que nuestra Cuentista desconoce, este líquido tiene toda la potencia del sabor del tomate a lo grande, servido muy frío es un espectáculo para los sentidos.

Me siento absolutamente orgullosa de la cara que han puesto todos los que han probado la receta que traigo hoy. Algo tan sencillo como una sopa fría, casi incolora, con unos cuantos tomates sueltos consigue sorprender a todos los que la prueban.

Traigo una receta pija, elegante y fina…. He pelado los tomates cherry , los he vaciado y he preparado un relleno con cinco tipos distintos de aceitunas y si pones este plato en una cena dejas “pasmao” al más “pintao”.


De la despensa (para el agua de tomate): 
(Para que quede ½ litro)
1 kilo de tomates.
½ cucharada de sal.

Manos a la obra: 

1. Lavar los tomates.
2. Poner en un recipiente grande los tomates troceados (sin pelar) y la sal. Batir.
3. Pasar por un chino o un colador.
4. Colocar una tela en el colador e ir echando el batido de tomate, irá cayendo el agua sola. El zumo de tomate irá taponando la tela, por lo que cuando veáis que deja de caer el líquido
tendréis que quitarlo, enjuagarlo y continuar con el proceso.
La pulpa que va quedando en la tela es una crema de tomate limpia, sin pieles ni semillas, ir echándola en un bote y guardarla para sofritos, quedan deliciosos.
En lugar de tela se puede usar papel de cocina, pero lo tendréis que cambiar varias veces, yo he calculado siete u ocho, pero es muy limpio y se trabaja menos.

Receta de sopa de tomate con aceitunas rellenas.

De la despensa: 
Agua de tomate.
6 ó 7 tomates cherry por persona.
1 bote de aceitunas rellenas de anchoa pequeño.
5 ó 6 aceitunas de tres variedades que queráis (kimbos, manzanilla, negra, camporreal…)
Aceite.

Manos a la obra: 

1. Escurrir las aceitunas rellenas de anchoa y TODO el líquido del bote echarlo en el agua de tomate. Este paso es fundamental.
2. Picar todas las aceitunas (deshuesadas) y reservar.
3. Cortar la base de los tomates cherry. Pelarlos y vaciarlos con la punta de un cuchillo. No importa que quede carne (del tomate) dentro.
4. Rellenar los tomates con el picado de aceitunas.
5. Echar en un plato el agua de tomate, echar un chorrito de aceite y mezclar.
6. Colocar los tomates con la base hacia abajo para que no se caigan y para que no se vea el relleno.
7. Comer MUY FRÍO. Y disfrutad muchísimo.

Moraleja: Hay que probar la receta así, pero yo para el día a día… no relleno los tomates, ni los pelo. Preparo el agua con el líquido de las aceitunas (fundamental el agua de aceitunas), echo el aceite y tomates cherry cortados por la mitad. Delicioso y sencillo.

Sin más. Las aceitunas me las como mientras cocino con una cervecita fresca.

El agua de tomate se puede preparar y congelar en botes individuales para tener siempre en el congelador.

El sabor cambia muchísimo con la temperatura, por eso insisto tanto en servir muy frío.



martes, 15 de julio de 2014

Érase una vez... El brownie.


En un tiempo muy, muy lejano… existía una Cuentista.

Sus padres acababan de comprar un microondas, un aparato eléctrico que, por lo visto y haciendo uso de algún tipo de embrujo o sortilegio, calentaba los alimentos en un tiempo increíblemente corto.

Dicho aparato traía en la caja un libro de recetas para cocinar. Nuestra pequeña Cuentista no sentía ningún interés por la cocina en aquellos tiempos, pero una receta llamó su atención: Un brownie.

Ni corta ni perezosa pidió a la madre Cuentacuentos que comprara los ingredientes y se puso a ello. Sencillo, limpio y delicioso. Lo repitió varias veces y todas quedaron perfectas… 

Un buen brownie debe quedar crujiente en la corteza y “jugoso en el centro”, jamás debe parecer un bizcocho seco de chocolate con nueces. Con la magia de las ondas del aparato y esa receta siempre quedaba perfecto.

Pero el interés de nuestra Cuentista decayó. El tiempo siguió su curso. Pasaron los años, el aparato se rompió y fue sustituido por otro, el libro se perdió… y con él la receta.

Muchos años después, el interés por la cocina de nuestra protagonista se fue convirtiendo en una parte muy importante de su vida. Intentó muchas recetas de brownies y ninguna era infalible. Unas veces quedaba seco, otras no tenía el sabor que recordaba y muchas veces solo conseguía hermosas piedras de chocolate… muy útiles para reparar los tabiques de la cabaña o como sujetadores de puertas, para que no sonaran portazos con las corrientes de aire.

Un día Annabel llegó a su vida. Annabel es una cocinera que vive en Australia y hace muchos tipos de brownies, pero hay uno… hay uno perfecto, absolutamente maravilloso, siempre sale buenísimo. Ella lo llama “The ultimate brownie”.

Normalmente cuando una receta llega a manos de la Cuentista, ella la prepara y realiza cambios para ver si sale bien, por lo que cogió la receta de Annabel que estaba en inglés, tradujo los ingredientes y se puso con ella.

En su absoluta soberbia sobre los conocimientos de inglés que tenía, nuestra Cuentista no quiso utilizar diccionarios, ni traductores, ni ayuda de ningún tipo. Ese fue el error que hizo que la primera semana hiciera cuatro brownies, la segunda dos y la tercera tres…

Kilos de chocolate, azúcar, nueces, cacao, harina… de sabor todos, absolutamente todos, estaban deliciosos, pero ninguno estaba perfecto.

Y el último día se dio cuenta de su error. En la receta original ponía "1/2 tsp baking powder". Cuando nuestra soberbia Cuentista tradujo "baking powder" llegó a la conclusión de que como panadero en inglés se dice "baker"... pues "baking powder" debía ser levadura de panadería. Ahí queda eso.

El último día, mientras comía (pensando en el poderoso e inalcanzable brownie), cayó en una conclusión: La levadura de panadería necesita reposo y en la receta no se pedía reposo… la única levadura que no necesita tiempo para que reaccione es la “química”. Saltó sobre el traductor de google y la respuesta fue literalmente:

ROYAL.

Por si nuestra Cuentista no se sentía absolutamente tonta, cogió la caja de levadura Royal y lo que vio fue esto:  

                              

Sin palabras. 

Cachis en la mar serena… por eso no quedaba perfecto. Estaba utilizando la levadura equivocada, esa misma tarde hizo el brownie (otra vez) con “baking powder” y quedó maravillosamente perfecto y aquí lo traigo para vosotros.


He de deciros que lleva dátiles y son estos los que hacen que el dulzor y la textura queden impecables, os puedo garantizar que no se aprecian en el resultado final, ha pasado varias pruebas de fuego con personas que aborrecen los dátiles y todos han caído en las redes de esta maravillosa receta.

De la despensa:
120 gr. de dátiles.
1 cucharadita de bicarbonato.
150 gr. de zumo de naranja. (150 ml.), la receta original usa agua.
4 huevos.
1 cucharada de extracto de vainilla.
200 gr. de mantequilla a temperatura ambiente.
375 gr. de azúcar glass.
150 gr. de cacao en polvo.
125 gr. harina.
5 gr. de levadura química ROYAL "baking powder" (una cucharadita).
250 gr. de chocolate negro troceado/picado.
50 gr.de nueces.

Manos a la obra:
Precalentar el horno a 160º
1. Calentar el zumo de naranja hasta que rompa a hervir.
2. Deshuesar los dátiles, picarlos y echarlos en un recipiente junto con el bicarbonato, echar el zumo.
3. Añadir la mantequilla y remover hasta que se derrita. Dejar reposar 20 minutos. Transcurrido el tiempo, romper los dátiles con el tenedor para que queden como una masa.
4. Batir los huevos y echarlos a la mezcla junto con el extracto de vainilla. Mezclar bien.
5. Añadir el azúcar, el cacao en polvo, la harina tamizada con la levadura e ir mezclando todo suavemente.
6. Echar los trozos de chocolate negro y las nueces troceadas. 
7. Untar un molde con mantequilla, a ser posible cuadrado o rectangular. Yo he usado uno de cristal poniendo papel de horno en la base para poder desmoldarlo fácilmente. Hornear a 160º durante 50 minutos, durante este tiempo no abrir el horno.
8. Pinchar con un cuchillo, no debe salir con líquido de chocolate, pero debe salir sucio. En mi horno lo tengo que dejar por lo menos otros 10 minutos más. Dependerá muchísimo del horno que tengáis.

Os aconsejo no cortar el brownie hasta pasadas unas horas para que se asiente el chocolate. El sabor del brownie mejora si esperamos a comerlo hasta el día siguiente.

Moraleja: Cada minuto que dediquéis a esta receta merecerá la pena. Los que me conocéis sabéis que no me gusta el dulce y no me gusta el chocolate y no me canso de comerlo.
El otro día lo probó Ana, una compañera que no come frutos secos y odia los dátiles (y eso que es de Alicante) y me escribió un mensaje en el que decía literalmente: La receta del brownie... la necesito para vivir.

Y colorín, colorado... esta receta se ha acabado.