viernes, 10 de julio de 2015

Érase una vez... vuestros bizcochos de zanahoria.


Érase una vez una Cuentista que un día decidió preparar para los habitantes del Reino un bizcocho de zanahoria.

La base de la receta se la tomó prestada a Ana Q. Sé que las comparaciones son odiosas... pero lo justo es que podáis ver cómo la hace Ana, os prometo que la base está sacada de una obra de arte.

He querido robar la foto y no he podido... Ana... sé buena y envíamela para poder poner aquí tus mariposas y las rosas sobre la crema de mascarpone.

Antes de prepararlo en el Reino hizo varias pruebas y con la primera se ganó el corazón de Ana (otra más)... bueno realmente se ganó dos, porque dentro llevaba otro corazoncito latiendo... África dio su beneplácito a la receta y mientras viajaba en la barriga de su mamá se lo pidió varias veces.

Del primero no me llegó foto porque desapareció antes de aparecer la cámara, creo que este fue el segundo ¡¡o el tercero!!


El tiempo pasó y un buen día Silvia decidió marcarse un "total food" Cuentista... Me consta que en el Reino real se dice "total look" pero yo vivo mucho más entre cocinas que entre pasarelas. 

De primero hizo la ensaladilla de mi madre y de postre la tarta de zanahoria sin frosting, se dio prisa en sacar la foto de la tarta porque vio que la ensaladilla había "casi desaparecido" antes de hacer la foto y no se la quiso jugar...

La ensaladilla la veréis dentro de poco... ¡Lo poco que quedó!


Aquí llega la de mi chivilla... Sonia probó la mía definitiva y sin dudarlo le gustó más con el frosting, de manera que pasamos el fin de semana gocheando y echándolo en nuestra tarta para acompañar al café.

Mucho me temo que el suyo ha quedado un pelín líquido y necesitaba frío... Pero la zampona no pudo esperar más, debía tener ganas de clavar el diente y no dejó que se enfriara.

Chiviiiii... Tengo un frosting nuevo que podrás probar el domingo y una tarta que te va a quitar el sentío. ¿La hacemos el lunes?


Y ahora voy a reconocer que me desborda el orgullo y sé que a él también... 

¿No es así Nando? 

Supongo que si hace un año alguien te hubiera dicho que una tarta de zanahoria hecha por ti iba a salir en un blog de cocina... Te habrías carcajeado. 

Pues aquí está. Preciosamente dorada y redondita.

Nuestro reino es mágico, todo es posible en él y ahora sabemos que todo se puede conseguir... 


Y aquí llega... La estrella.

Perdón, quería decir la estrellada. Un claro ejemplo de los pasos que hay que seguir para lograr un bizcocho (este no es de zanahoria) original.

No dejará a nadie indiferente, un horneado perfecto, una textura inmejorable y un desmoldado impecable. 

El autor de tanto despilfarro de gracia culinaria no es otro que mi hermano Pablo... Hizo varias fotos del bizcocho de chocolate y poco a poco las podréis ver todos porque merecen un lugar de honor en nuestro Reino. Junto a las tortitas estrelladas.


Y colorín, colorado... Vuestras tartas hasta aquí han llegado. 

martes, 7 de julio de 2015

Érase una vez... Grissini


Érase una vez una Cuentista que hizo una promesa...

Un buen día preparó un delicioso paté de mar y prometió unos grissini para poder picotear ambas cosas juntas.

Y aquí están... vienen sin cuento porque hay veces que las palabras se atascan y no quieren salir.

Hay veces que la cabeza anda llena de ogros, brujas, pócimas malignas y no me apetece dejar que entren en nuestro mundo... 

Por eso sólo os traigo los palitos, prometo utilizarlos para ahuyentar a los malos y ponerlos contra la pared por portarse tan requetemal. 

Echadme una mano, preparadlos vosotros y así me daréis las armas para conseguir alejarlos de nuestro Reino.

De la despensa:


(Unos 30 palitos)
410 gr. de harina de fuerza.
1 sobre de levadura de panadero.
50 gr. de aceite de oliva virgen.
120 ml. de agua tibia.
90 ml. de leche.
12 gr. de azúcar.
8 gr. de sal.
Sal Maldón /pimienta molida / tomillo / pimentón picante...

Manos a la obra:
Colocar en la bandeja del horno una hoja de papel sulfurizado (de horno).

1. En un recipiente grande echar la harina, la sal, y el azúcar, mezclar todo bien.

2. Diluir la levadura en el agua tibia.

3. Hacer un huequecito en el centro y echar los líquidos (salvo el aceite). Mezclar todo muy bien con la mano.

4. Colocar la mezcla en la encimera e ir amasando hasta que tengamos una masa integrada, añadir el aceite y seguir amasando hasta que no se pegue en la mano limpia.

5. Dividir la masa en dos para hacerla manejable de tamaño y estirarla con el rodillo dando una forma rectangular con un grosor de medio centímetro más o menos.

6. Yo utilizo una espátula larga metálica (de las que se usan para estirar el chocolate o preparar tartas) para cortar tiras de 1 cm. de anchura. Echar por encima la sal Maldón y la pimienta espolvoreada. Con las manos arrastrar el palito ligeramente redondeando para formar un cilindro. Ir colocando cada palito en la bandeja del horno con el papel.

7. Meter la bandeja en el horno precalentado y hornear 15 minutos a 200º, tendréis que preparar varias bandejas.

Moraleja: En lugar de sal y pimienta podéis echar tomillo, pimentón picante (a través de un colador para que no queden grumos) o lo que se os antoje. Yo suelo hacer unos poquitos de cada. No os preocupéis si quedan dobleces en el cilindro o desiguales, esa es la gracia de hacerlos en casa.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

viernes, 3 de julio de 2015

Érase una vez... La harina.


Nada… ni caso debéis hacerme algunos días.

Por algún motivo que no termino de comprender me ha dado por meteros los viernes unos rollos insufribles sobre ingredientes… y hoy os toca la harina.

Érase una vez una Cuentista cabezota y terca, un buen día fue a comprar harina y al ver cómo se han ido llenando las estanterías de los supermercados con todo tipo de harinas y mezclas pensó en intentar explicar las diferencias entre unas y otras.

La harina es el polvo que se obtiene al moler las semillas de algunas gramíneas como el trigo, el arroz, el maíz… o de algunos tubérculos y legumbres.

No me planteo hablar de todas ellas y me voy a centrar en la que más usamos en todas las casas, la de trigo.

La harina de trigo está compuesta en su mayor parte por almidón (70%), proteínas (entre un 9% y un 12%), grasas, agua y minerales. La cantidad de proteína es la que hace que una harina se considere de fuerza o no.

Palabras mayores, lo sé, me consta. He pronunciado las palabras mágicas… harina de fuerza.

¿Qué es una harina de fuerza? ¿Para qué se usa? ¿Cómo decidir si usar harina floja o de fuerza?

Pues aquí tenéis a una alocada Cuentista que pretende dar respuesta a una de las grandes incógnitas de la humanidad.

Para no mataros de aburrimiento… voy a empezar contando una curiosidad de las mías…

La harina de fuerza proviene de granos de trigo duro, también se puede llamar harina de primavera porque se obtiene de trigos sembrados en esa época o harina de flor porque se utiliza un sistema especial de molienda en la que sólo se aprovecha el centro del grano… “la flor”.

La harina floja o harina de invierno procede de los granos de trigo sembrados en invierno… obviamente.

La diferencia fundamental entre las dos harinas y sus usos está en la cantidad de proteína que tienen en su composición, esa proteína principalmente es el gluten.

A mayor cantidad de gluten mayor fuerza.

A mayor fuerza, mayor capacidad para absorber agua y como bien dice su nombre… mayor resistencia a ser estirada.

Cómo base fundamental para que empecemos a aclararnos os voy a dar unas normas muy sencillas:

1. Para las masas (saladas o dulces) que llevan levadura natural (de panadería o fresca) se utiliza harina de fuerza, las levaduras son unas devoradoras de azúcar y producen gases (cómo los humanos con las legumbres). Esa gasificación hace que si utilizamos una harina sin fuerza la masa pierda consistencia y se caiga.

2. En masas que llevan mucha grasa se utiliza harina de fuerza ya que la grasa contrarresta el efecto de la proteína… si en una harina de poca fuerza metemos grasa… la masa se nos quedará blandita, sin consistencia y espachurrada.

3. No debemos confundir jamás masa gasificada por fermentación de las levaduras naturales, con una gasificada por impulsores químicos (levadura Royal).

Dicho esto... La harina de fuerza es la que debemos utilizar para masas resistentes que llevan grasa o azúcar y que requieren el uso de levaduras naturales, fermentación y amasados.

La harina floja se estira con más facilidad, por eso es la que se usa con levadura química o con batidos prolongados que meten aire en la masa y hacen innecesario el gasificante, como ocurre con el bizcocho básico de tartas, los crêpes, magdalenas… La harina floja se usa para masas que no deban ser elásticas ni encoger…

¿Queremos que unos churros queden elásticos? Nooooo… pues harina floja.

Queremos hacer una masa de hojaldre que lleva varios millones de kilos de mantequilla y levadura fresca… ¿Qué harina usaremos? Pues la de fuerza, porque con la floja se nos quedaría un potito de harina.


Os he preparado un minicuadro para simplificar todo esto más:


Churros
Crêpes
Gofres
Masa quebrada
 Harina flojaBizcochos con levadura química.
Magdalenas
Sobaos
Buñuelos

  
Masas para pizzas
Masas de hojaldre
Croissants
Harina fuerza/media fuerza      Roscones de Reyes
Bollería con levadura natural
Panes
Donuts y donettes

Moraleja: Ya hemos hablado un poco de las levaduras, otro tanto de las harinas... dentro de poco nos toca hablar de las masas que es el punto al que una servidora quería llegar, pero antes me gustaría haceros una pregunta...

martes, 30 de junio de 2015

Érase una vez....Paté del mar.



Érase una vez un espejo… En un lado estaba la Cuentista y en el otro…

Un óptico que conoció a una sagitario en su lugar de trabajo y que un buen día decidieron coger sus vidas y llevarlas a Cantabria. Allí se casaron y tuvieron un hijo revoltoso y pizpireta. Diego, Rocío y Rubén… el óptico, la sagitario y el pequeño.

Hay días difíciles cuando te alejas de los tuyos y dejas el reino de tu niñez a muchísimos kilómetros de distancia… hay días que necesitas a alguien que te cuide, que sepa mimarte y pueda sujetar tu caída.

Hay días que te sientes desamparado.

Ya sabéis que nuestra Cuentista cree a pies juntillas que cocinar es una muestra de amor, requiere pensar qué preparar, buscar los ingredientes, preparar la receta y esperar con ilusión que guste… Pues bien, hoy trae una receta que prepara muchísimas veces y que en una ocasión preparó para Rocío. Desde entonces cada vez que hace este paté se acuerda de ella.

Rocío se puso malita, descubrieron que tenía una anemia tremenda y necesitaba hierro a toneladas. La Cuentista recordó una receta que no se puede comer en zonas con imán porque tiene tanto hierro que se quedaría pegado magnéticamente.

Sabedora de lo mucho que se necesita el cariño, los abrazos y el mimoseo cuando uno está malito y sabedora también de que al igual que ella la familia espejo no tenía a nadie cerca… antes de llegar a casa se pasó por una tienda para comprar los pocos ingredientes que se necesitan para ésta deliciosa y ferrosa receta. Quería prepararla para Rocío.

Pocos ingredientes son necesarios para demostrar a una persona que la quieres, bastan tres latas de pescado en conserva, un bote de cristal para guardar el resultado y muchísimo cariño para prepararlo.

Si tenéis el hierro bajo debéis probar ésta pócima sanadora y si tenéis el hierro alto debéis probar ésta pócima deliciosa. Es una receta mágica porque cura el cuerpo y alegra el paladar.

De la despensa:

(para compartir varios enfermos y sanos)
1 lata de sardinillas en tomate.
1 lata de mejillones en escabeche.
2 latitas de atún en aceite de las redondas.
1 cucharadita de mantequilla.
Unas gotas de tabasco.

Manos a la obra:
1. Echar todos los ingredientes en un vaso de batidora, sin escurrir.
2. Batir todo muy bien durante unos 3 minutos hasta que se forme una crema muy untuosa.
3. Meter en un bote de cristal y regalarlo/disfrutarlo con muchísimo amor.

Moraleja: Sé que el Reino está lleno de ojos que observan con atención... pero por si no os habéis dado cuenta, en el paté de la foto hay unos deliciosos grissini caseros. Todo junto está delicioso y son dos recetas tan rápidas que las podéis preparar y disfrutar en media hora... 

La semana que viene los preparamos juntos.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

sábado, 27 de junio de 2015

Érase una vez... Carcamusas.


Érase una vez... una despensa llena de curiosos ingredientes.

Un pequeño Minichef decidió entrar un día dentro de la despensa mágica.

En el estante de la derecha encontró un bote de cerámica talaverana... como su mami. Dentro había guisantes, a su padre le encantaban los guisantes.

En el estante de arriba a la izquierda vio una pieza de magro de cerdo que había comprado su abuela Paula, la mamá de su papi.

Y justo en un cajón de madera antiguo situado enfrente de la puerta había un cuenco de barro y un delantal de su talla. Estaba claro.

Todos los ingredientes parecían querer decir: Prepara un plato para tu papá.

Debía cocinar él y debía ser algo realmente delicioso porque era el cumpleaños de su papi y quería darle una sorpresa cocinando él todo por primera vez en su vida. Nada de ayudar en un paso de la receta, debía hacer todo, todo, todo.

Se puso a pensar y de pronto lo tuvo claro, utilizando todos los ingredientes de la despensa mágica iba a preparar un plato de la tierra de su mami, con el ingrediente principal comprado por su abuela, cocinado por él en un cuenco de barro... y con el nombre más divertido del mundo: Carcamusas.

Su mami le explicó que una leyenda cuenta que las carcamusas deben su gracioso nombre a una taberna que hay en Toledo. 

Por lo visto hace muchos años esa taberna estaba llena de "carcas" (mamá tuvo que explicarme que esa palabra se usa para hablar de los señores mayores) y que por la plaza pasaban muchas jovenzuelas que paraban también en la taberna a tapear el magro tan delicioso que se preparaba en el lugar.

Por lo visto los carcas siempre decían que esas jovencitas toledanas eran tan guapas y lozanas que servían de musas para inventar canciones y poemas. 

El tabernero decidió poner un nombre a su famosa tapa que hiciera honor a sus mejores clientes, los carcas y las musas. Carcamusas.

El bar se llama Ludeña y mami me ha prometido llevarme la próxima vez que vayamos. Por lo visto para entrar en el comedor hay que cruzar una cortina hecha con la misma tela que tenía mi abuela Julia en su casa hace muuuuuuchos años. 

Espero que me salga bien la receta y que os guste mucho el plato, con mi papi voy sobre seguro... no va a ser en el Ludeña, pero las voy a preparar con todas mis ganas...

Moraleja: Las carcamusas de la foto las hizo Ismael, yo sólo corté ingredientes que fui pesando y anotando para poder compartir con vosotros la receta. En realidad la suelo hacer a ojo.

No pongo sal en toda la receta, salvo en la carne. Todos los ingredientes son potentes de sabor y llevan su propia cantidad de sal... a eso hay que añadir que el jamón con el calor sube la potencia de la salazón por lo que hay que ser un poco cuidadosos con ella. Probad y si os parece soso... al echar el tomate podéis rectificar.

De la despensa:

500 gr. de magro de cerdo.
100 gr. chorizo picante.
100 gr. de jamón serrano.
1/2 cebolla.
1 diente de ajo.
200 gr. de tomate frito.
100 gr. de guisantes de bote.
50 ml de vino blanco.
100 ml. de caldo de carne (vale 1/2 pastilla de carne)
Aceite.
Sal.

Manos a la obra:
1. En una sartén con un par de cucharadas de aceite echar el chorizo. A fuego medio-suave dejar que suelte la grasa y antes de terminar de cocinarlo del todo sacarlo con una espumadera a un plato y reservar.

2. Cortar la cebolla en juliana, picar el ajo y pocharlo en el aceite que ha quedado en la sarten con la grasa y el sabor del chorizo. Reservar junto al chorizo.

3. Cortar el magro en trozos, salarlos y dorar los trozos de carne en la misma sarten.

4. Cuando estén dorados, añadir lo que teníamos reservado, junto con el jamón. Dejar que se cocine todo junto durante un par de minutos.

5. Subir a fuego fuerte y añadir los líquidos: el vino blanco y el caldo de carne. Dejar que se evapore el alcohol del vino y echar el tomate frito. Cocinar todo junto a fuego fuerte.

6. Cuando veamos que los líquidos se han espesado echamos los guisantes y ¡a disfrutar!

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

martes, 23 de junio de 2015

Érase una vez... Patatas Hasselback.


Érase una vez… un zagal que la vida convirtió en abuelo.

Cuando se jubiló quiso recuperar parte de su niñez perdida y decidió volver a vivir en el campo, pero ésta vez iba a hacerlo para él mismo, sin ovejas ni señorito. La época de “Los Santos Inocentes” y  la “Milana bonita” habían terminado hacía mucho tiempo.

Decidió hacerse con un terreno, disfrutar del aire de la montaña y vivir tranquilo en una casita en el campo.

En el terreno “echó unas gallinas”, como ya sabréis muchos por la receta del pollo a la zorra y sembrar para tener su propia huerta. Entre otras hortalizas… el primer año sembró unas patatas. Mimoseó las plantas, probó con distintos trucos para evitar el escarabajo que echa la flor y tras todos sus trasiegos llegó la temporada de recogerlas.

Qué felices caminaban por la carretera que lleva a la huerta los dos abuelos y su nieto Ismael… con su bolsita de plástico en la mano para guardar todas las patatas recolectadas.

Con las primeras que cogieran la abuela quería preparar una ensaladilla y dar a su hija Cuentista unos kilos para que no tuviera que comprarlas.

Y allí se plantaron los tres.

El abuelo cogió la azada para ahuecar la tierra y sacar la primera patata mientras su familia miraba con carita ilusionada…

¡Qué hermosura! ¡Qué preciosidad! ¡Qué patata más pequeña!

Debía pesar la friolera de 5 gramos, muy bien formada… eso sí… pero era del tamaño de una cereza un poco gorda y así fueron todas las patatas que recolectaron ese año.

Cocer… lo que se dice cocer… no cocían bien, se quedaban perfectamente duras y tiesas.

Freír… lo que se dice freír… no freían bien porque absorbían todo el aceite y se quedaban aceitosas.

Hornear… lo que se dice hornear… no horneaban bien porque se quedaban como canicas, al caer al suelo sonaban a piedra.

Pero Ismael fue tan feliz entregando a su madre Cuentista la primera patata de la huerta que todo el trabajo mereció la pena.

De los errores se aprende y para el año que viene otro gallo cantaría.

Y aquí está el canto del otro gallo. Las patatas que traigo hoy son de la huerta de mi padre, he preparado una receta que me gusta a rabiar y a la que tenía muchas ganas: Patatas Hasselback.

De la despensa:
(Para cuatro duendes)


4 patatas medianas de unos 150gr. cada una. Intentad elegir patatas igualadas de tamaño y ovaladitas.
12 lonchas de bacon.
Una bolsa de queso rallado.
50gr. de mantequilla a temperatura ambiente.
1 diente de ajo pequeño.
1/2 cucharadita de orégano.
Pimienta.
Sal Maldón.

Manos a la obra:
1. Lavar muy bien las patatas ya que nos comeremos la piel.

2. Debemos cortar rodajas en la patata sin llegar a cortar del todo, se trata de hacer un acordeón.

Para ello hay varios sistemas... el que yo uso es: Colocar una de las patatas sobre dos palillos chinos o dos lápices, hacer rodajas con un cuchillo bien afilado. De este modo cuando el filo del cuchillo llega a los palillos, estos nos hacen tope y no se corta toda la rodaja hasta el final. Es tan sencillo que en casa lo hace Ismael.

Otro sistema consiste en atravesar con una brocheta la patata por la parte inferior, al cortar la rodaja el cuchillo hace tope y no la corta hasta el final.

3. En un mortero machacar el diente de ajo, añadir la pimienta, el orégano y mezclar con la mantequilla hasta formar una pasta.

4. Cortar las lonchas de bacon en trozos del tamaño de nuestra patata, también se pueden usar taquitos de bacon cortados.

5. Con una cuchara ir echando un poquito de la pasta en cada corte de la patata, un poquito de queso rallado y colocar un trozo de bacon (o unos taquitos si hemos elegido esa opción).

6. Con una brocha pincelar la patata con un poquito de nuestra pasta de mantequilla y echar un poco de sal Maldon por encima. Ir colocándolas en una bandeja de horno (yo las pongo en un pirex porque no suelo colocar nada directamente sobre la bandeja).

7. Meter en el horno precalentado a 180º calor arriba y abajo. Pasados 10 minutos bajar la temperatura del horno a 160º y 30 minutos después podremos disfrutar de ésta maravilla.

Moraleja: Se puede sustituir la mantequilla por aceite (yo lo hago).

La receta original de estas patatas sólo lleva mantequilla, ajo en láminas y sal. Con salmón quedan deliciosas... con bonito también... echad imaginación porque es una receta muy resultona y la patata admite de "to".

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

viernes, 19 de junio de 2015

Érase una vez... Rollito de galletas.


Bueno, pues ya estamos a viernes y os traigo otro truco de "Abracadabra" para que podáis usarlo con las galletas de chocolate y menta del martes.

Érase una vez... un rollo de papel de cocina que estaba llegando a su fin. El cartón que sujeta el papel era consciente de que iba a terminar en la basura, doblado y roto... siempre ocurría lo mismo.

Hasta que un buen día nuestra Cuentista vio en internet una utilidad estupenda para que nuestro cartón nos echara una mano en la cocina.

¡Podía servir como molde de galletas! Ese cartón despechado y triste se iba a convertir en la mejor ayuda para conseguir galletas preciosamente redondas, a cortarlas con facilidad y a conservar la masa que nos sobra. 

Las masas de galletas suelen ser blandas y con el frío del frigorífico se endurecen, aprovechando esto debemos seguir unos pasitos muy sencillos y conseguiremos galletas preciosas sin apenas esfuerzo.

Primero y una vez terminada la masa, colocamos un papel film en la encimera y envolvemos la masa con él formando un rollito no demasiado grueso, pensad que hay que meterlo en el agujero del cartón por lo que deberemos tener en cuenta su diámetro.

Los extremos de papel film podemos enrollarlos como los de un caramelo para que no se escape la masa.

Después introducimos nuestro rollo envuelto en film en el agujero del cartón.

Para finalizar la tarea... metemos el rollo de pie en el frigorífico, yo lo suelo colocar en la puerta.

La masa al principio está blanda y se acopla al interior del tubo de cartón, formando galletas redonditas y lisas.

Con el frío del frigorífico se va endureciendo. Pasadas un par de horas tiramos de uno de los extremos del papel film y vamos sacando la masa y cortando rodajas que serán nuestras galletas. Listas para hornear.

Si nos sobra masa la dejamos dentro del tubo y la conservamos en el frigorífico o la congelamos para otro momento.

La primera vez que probé el sistema tenía serias dudas sobre el resultado, desde entonces no he vuelto a hacer galletas sin tubo de cartón, hago bastante masa y las horneo en dos o tres veces... de esa manera consigo galletas recién hechas, sin ablandarse y sin necesidad de buscar sitio para conservarlas.

Moraleja: El cachocartón de la foto ha quedado tan bonito con la cuerda anudada... que no podría tirarlo nunca jamás, había que buscar un uso para él y hay que reconocer que ayuda muchísimo desde entonces.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

martes, 16 de junio de 2015

Érase una vez... Galletas de chocolate y menta.


Érase una vez... un pequeño poco goloso.

Mi minichef no es un gran amante de los dulces, desde muy pequeño su chocolate favorito es el de 70% mínimo de cacao.

Supongo que es por eso por lo que los "after eight" le gustan a rabiar. Chocolate negro con el frescor de la menta, un bombón que también enloquece a la madre Cuentacuentos.

Tal vez sea algo genético que salta una generación ya que a nuestra cuentista no le gusta el chocolate. Encontró ésta receta por casualidad y se dedicó a hacer pruebas hasta encontrar el sabor "after eight" en un bocado. Hoy traigo la versión final, el éxito absoluto.

Y lo supo al abrir el horno.

Al abrirlo se convirtió de nuevo en una niña de 7 años... El vapor del horno llevó la esencia de la menta por el aire y al subir hizo que se le abrieran las vías respiratorias y los ojos se le llenaran de las lágrimas provocadas por la fuerza de la menta.

Recordó a su madre. Como tantas otras niñas nacidas allá por los 70, cuando se ponía malita y estaba en cama veía llegar a la madre Cuentacuentos por la noche con el tarro de "Vicks vaporub". Con todo el amor de madre se lo echaba por el pecho y colocaba un pañuelo calentito debajo del pijama para que respirara mejor.

Me encantaba el vapor que emanaba de ese paño caliente colocado bajo mi pijama. Al olor de las galletas recordé su cara al cuidarme y ahora sé que Ismael también ve esa cara en mí cuando cuido de él.

He conseguido meter en una galleta el sabor de los bombones favoritos de mi pequeño... y el recuerdo de mi madre cuando me cuidaba. Por eso sé que he conseguido el éxito absoluto.

Moraleja: El tiempo de horneado ha pasado varias pruebas y críticas, por goleada ganaron las de 12 y 13 minutos de horno. Con 10 minutos quedan con textura más blandita y con 12 crujientes. A gustos.
He de deciros que si conseguís que duren dos días... ganan mucho en sabor. 

De la despensa:



150 gr. de harina normal.
35 gr. de cacao en polvo.
1 cucharadita de levadura química (Royal)
100 gr. de mantequilla a temperatura ambiente.
175 gr. de azúcar moreno.
1 cucharadita de extracto de vainilla.
10 gotas de esencia de menta. (1/4 de cucharadita)
1 huevo grande.
125 gr. de chocolate negro, yo lo compro en gotas. Si lo usáis en onzas, tendréis que romperlo o rallarlo grueso antes de usarlo.

Manos a la obra:
Vamos a necesitar dos recipientes, si no son iguales... utilizar el mayor para la mezcla de mantequilla y azúcar.

1. Batir la mantequilla con el azúcar en el recipiente más grande. Añadir la vainilla, la esencia de menta y el huevo. Mezclar.

2. En otro recipiente mezclar la harina, el cacao en polvo y la levadura. 

3. Ir echando la mezcla de harina en el recipiente de la mantequilla, hay que hacerlo en tres o cuatro veces para mezclarlo poco a poco y no formar un engrudo difícil de manejar.

4. Echar el chocolate en gotas/rallado y mezclar con una espátula para que se mezcle y reparta con el resto de la masa.

5. Formar las galletas y colocarlas en una bandeja de horno forrada con papel. Hornear 12 minutos a 180º. 

6. Enfriar sobre rejilla ¡y listas!

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.




viernes, 12 de junio de 2015

Érase una vez... las palabras.


Érase una vez una Cuentista sorprendida…

¿Sabíais vosotros que la palabra “Túrmix” aparece incorporada en la R.A.E.?

Nuestra Cuentista se quedó de piedra al saberlo, cuando oía a algún cocinero utilizar esa palabra en lugar de “batidora”, siempre se quedaba sorprendida y sin entender los motivos por los que utilizaba una marca comercial que además me parece un poco “de abuela”.

Pues soy una ignorante… aunque empezó siendo una marca comercial, en los años 80 la Academia de la lengua aceptó “Túrmix” como sustantivo. Pasmá  me quedo algunas veces.

Y ya deberíais ir conociendo un poco mi cerebro alocado… una cosa me llevó a otra y he decidido hacer un glosario con palabras que se usan en cocina para cultivar un poco nuestro mundo.

En entradas de los viernes iré explicando unas pocas y esas las iré añadiendo alfabéticamente a un “diccionario”… 

Si en algún momento queréis consultar una palabra, solo habrá que pinchar en la etiqueta y saldrán todas las que hayamos ido aprendiendo… Iré poco a poco… no esperéis encontrar un diccionario culinario completo hoy mismo… ¡¡Esto lleva su trabajo!!

Vamos con las primeras. He elegido cuatro a conciencia, tres de ellas se utilizan en la construcción y la cuarta me parece muy simpática... conozco a mis ogros y ya que muy probablemente me tiréis al pozo... por lo menos que sea con motivo.

Encolar: Añadir gelatina a un líquido para que quede con cuerpo y brillo al enfriar.

Hermosear: Consiste en limpiar la pieza o ingrediente de imperfecciones, grasa, telas, nervios… con el fin de dejarlo limpio y listo para preparar.

Lustrar: Añadir azúcar glass a una preparación para decorarla.

Mijotear: Término francés para indicar una cocción muy lenta.

Moraleja: Sé, me consta y soy consciente de que corro peligro grave abriendo ésta veda, pero espero que mis ogros seáis benévolos y valoréis lo mucho que vamos a aprender todos.

Y colorín, colorado... por hoy hemos acabado.

martes, 9 de junio de 2015

Érase una vez... Muslos de pollo con pimienta.


Érase una vez… una voz al teléfono.

Nuestra Cuentista no conoce al protagonista del cuento en persona… Sabe que trabaja en Madrid, que trabaja entre audífonos y que le gustan las comidas sencillas, el pollo, la pasta…

Pero sobre todo sabe que es una persona extraordinaria y quiere agradecer con este plato la enorme ayuda que ha recibido de él.

Muchos de los habitantes del Reino sabéis que nuestra Cuentista trabaja con personas que tienen problemas de audición, el protagonista del cuento de la semana pasada os hablaba de Mario Caracciolo… uno de mis pacientes favoritos… mi guapo italiano que trae sus recetas para que las pueda compartir con todos vosotros.

Pues bien, hace tres años, al mismo tiempo que Mario… Manuel entró en mi vida.

Siempre acompañado de Sofía, su dulce y pausada esposa, tenía problemas con sus audífonos y juntos conseguimos solucionar su problema y traer el mundo a su vida.

El verano pasado vino, tenía problemas de nuevo y durante semanas y semanas (tantas que se convirtieron en meses) estuve dando vueltas para solucionar su caso. Con toda la impotencia del mundo no encontraba solución para él. Todos los que me conocen saben lo terca y cabezota que soy.

No quise rendirme. Y ahí conocí a Dani… Bueno… a su voz.

Un par de semanas más tarde tenía un audífono nuevo en mis manos y una semana después Manuel lo probó.

Su sonrisa me lo dijo todo. De la sonrisa pasamos a las lágrimas y hubo un momento en que estábamos emocionados los tres.

Manuel porque oía.

Sofía porque veía a su marido de nuevo integrado en el mundo.

Y yo… con la piel de gallina y el vello erizado porque veía a los dos mirarme con lágrimas en los ojos.

No llamé a Dani tal cómo me había comprometido a hacer, sé que pensará que soy una desagradecida. Pero no lo soy.

En mi mente ya había cuajado la idea de escribir un cuento de agradecimiento, hacer un hueco para él en mi reino, no quería un simple gracias telefónico que se lleva el tiempo… 

Junto a Jezabel, mi cómplice y ángel de la guarda... he conseguido averiguar que Dani es un chico de gustos sencillos y que sus platos favoritos son el pollo y la pasta.

Y aquí está  Dani. Un cuento y una receta que Sofía me ha dado para ti, el plato favorito de Manuel es precisamente este, al igual que a ti le encanta el pollo y me dijo que comería estos muslos todos los días de su vida. 

También me dijo que nadie los prepara como Sofía... he hecho mi intento y ahí van para ti.

Gracias.

Moraleja: Dani... supongo que supondrás que Manuel y Sofía te agradecen muchísimo lo que has hecho y después de esto supongo que supondrás que los problemas se han solucionado. 

De la despensa:
(para 4 duendes)

8 jamoncitos de pollo.
4 dientes de ajo.
Harina (no pongo cantidad porque es para rebozar)
Sal.
Vino blanco.
Pimienta blanca molida.
Aceite.

Manos a la obra:
1. Salar los jamoncitos de pollo.

2. En una sartén echar un dedo de aceite y poner a calentar, echar los dientes de ajo sin pelar y una cucharada de harina. Remover.

3. Pasar los jamoncitos de pollo por harina y echarlos en la sartén una vez el aceite esté caliente.

4. Bajar la temperatura a fuego medio para que la carne se cocine por dentro. 

5. Una vez dorados los muslos, sacarlos del aceite, colocarlos en un plato y echar la pimienta blanca por encima de la carne. Sofía me dijo que en este paso está el truco de la receta, echar la pimienta una vez dorados.

6. En una cazuela echar el vino blanco, cuando coja temperatura se añaden los muslos y se deja reducir el alcohol del vino mientras se cuece la carne. El vino se irá espesando con la harina del rebozado y queda una salsa deliciosa.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.



viernes, 5 de junio de 2015

Érase una vez... Congelar masa de pizza casera.


Bueno... aquí estamos con otro truco de magia para acompañar al pulpo y que no se sienta tan solito. 

Me consta que Pablo sufre mucho por él desde que se me ocurrió apalear, escaldar y buscar el tentáculo del pobre animalito para no comprar hembras desovadas... Para que esté más contento he decidido traer compañía para él. 

¡Abracadabra!

Érase una vez una Cuentista sin criterio para las medidas... 

Si sabía que venía gente a cenar a casa se activaba con un resorte que lleva colocado en la cabeza y se lanzaba de bruces a la cocina. 

No exagero mucho si reconozco que el frigorífico de la Cuentista suele estar bien surtido siempre... se puede encontrar de todo (hasta botellitas de óxido de nitrógeno como bien dice Leo Harlem en su monólogo).

Pues bien, me encanta hacer pizza casera y cuando enloquezco preparo masa para todo el planeta. Hoy os traigo un truco estupendo para guardar lo que sobra en el congelador y tenerlo preparado para usar en la siguiente ocasión que se nos presente.

Existen muchas formas de congelar la masa de pizza, pero hay dos métodos estupendos que son los favoritos de la Cuentista y de ellos os quiere hablar.

Método 1: Precocerla. Es el mismo sistema que se usa para los panes envasados que se venden en las tiendas y que permiten preparar pan tierno cualquier día. 

Pare ello, debemos estirar la masa y hornearla 10 minutos solita, sin ingredientes... La guardamos en una bolsa o envolvemos con film y la metemos en el congelador.

El día que queramos comer pizza, la sacamos del congelador, colocamos los ingredientes y horneamos 15 minutos como si fuera una pizza comprada envasada.

Método dos... mi súper favorito: Formar un rollo con la masa de manera que quede como las masas envasadas que compramos en la zona "fría" de las tiendas. 

Para que quede perfecta y lista para utilizar... estiramos la masa con el rodillo, colocamos un papel de horno encima y la enrollamos utilizando el papel para que no se pegue "masa con masa". Una vez formado el rollo, envolvemos con film y al congelador. No abulta nada.

El día que queramos usarla solo tendremos que dejar que se descongele, desenrollarla y preparar la pizza con nuestros ingredientes favoritos antes de hornearla. Este sistema también nos vale para masas de empanada, hojaldre... 

Hay que decir que todos los que prueban las masas de pizza casera no suelen volver a las pizzas envasadas, merece la pena dedicar un ratito a hacerla, la pizza es un alimento muy sano si no lleva conservantes, colorantes, electrizantes y mineralizantes. Recordad... somos lo que comemos.

Moraleja: Si en lugar de masa de pizza, hacéis masa de hojaldre o empanada... no olvidéis cocer el pulpo previa paliza para utilizarlo como relleno.

¡Ups! Perdona Pablo... ya estoy haciendo sufrir al pobre otra vez...

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

martes, 2 de junio de 2015

Érase una vez... Fusilli con salsa de anchoas



Érase una vez un italiano que sin querer supo ganarse el corazón de la Cuentista con su sonrisa traviesa y su boina caída sobre un ojo.

Muchos de los que habitáis en este Reino ya lo conocéis, nuestro duende napolitano es Mario Caracciolo, en su momento os traje su deliciosa tortilla de espaguetis y hoy quiero contaros el siguiente capítulo de su vida.

Hace muchos años… allá por los 50, Mario era un joven paracaidista del ejército italiano. Una bomba cayó en el mar un día que él se encontraba recogiendo mejillones y la explosión hizo que perdiera la audición. La mala suerte generó el problema que con el paso de la vida cruzó nuestros caminos.

Una bomba provocó su sordera y una Cuentista hizo que oyera. Dejaré para otra de sus maravillosas recetas la siguiente parte de la historia.

Una mañana de Navidad… la Cuentista sacó su carruaje y atravesó todo el Reino, cruzando bosques y aldeas, hasta llegar a la lejana villa de su hermano Pablo. Así podría cenar en familia y recibir todos los abrazos de los suyos.

Una de las recetas que prepararon para la cena era una ensalada de Mario. Por supuesto el nombre del italiano simpático y coqueto salió a relucir. Al hablar de él, la Cuentista pudo notar cierta corriente de cariño en la voz de su hermano. Algo sorprendente si tenemos en cuenta que no se conocen.

Mario Caracciolo ha conseguido hacerse un hueco en los corazoncitos de ésta familia y que su nombre no sea el de un extraño.

Os contaré un secreto: Se ha ganado a pulso ese hueco, si Mario se entera de que mis tres pequeños van a venir a visitarme… se acerca a traerme alguna receta nueva que pueda preparar y compartir con ellos.

Cuando entra en la óptica todos mis compañeros miran de reojillo la bolsa que trae en la mano y se acercan para intentar oler lo que va en su interior. Saben que en la bolsa viene algún plato delicioso que va dejando un camino de olores italianos tras él.
Cuando se va… todos se acercan a preguntarme qué me ha traído en esa ocasión y en una de ellas trajo el plato de hoy…

De la despensa:

(para cuatro duendes)
350 - 400 gr. de pasta alargada, yo he usado fusilli lungui de la marca Garofalo, pero se puede usar espagueti, tagliatelle...
10-12 anchoas.
1 diente de ajo.
1 cucharadita de perejil picado.
Aceite de oliva virgen extra.

Manos a la obra:
1. En una cazuela poner a cocer agua con sal y un chorro de aceite. Cuando el agua entre en ebullición echar la pasta y dejar cocer los minutos aconsejados por el fabricante.

2. En un mortero machacar el ajo (yo quito la raíz del centro para que repita menos), junto con el perejil y 7 u 8 anchoas hasta formar una pasta. Echaremos un buen chorro de aceite y removeremos la mezcla para que se integren los sabores.

3. Una vez cocida la pasta, la escurrimos y echamos la mezcla del mortero. Removemos todo bien en la cazuela y lo dejamos reposar unos minutos.

4. Servir inmediatamente colocando las anchoas sobrantes encima de la pasta.

Moraleja: Ojo con la cantidad de sal que echáis en la pasta. Recordad que la anchoa añadirá mucha potencia al plato.

Y colorín, colorado... esta receta se ha acabado.




jueves, 28 de mayo de 2015

Érase una vez... Pizza.



Hoy no es martes, ni viernes... hoy no tocaba cuento, pero es un día muy importante para nuestra Cuentista, tan importante que sólo va a escribir un cuento en toda la semana. Para una personita muy especial.

Érase una vez una princesa heredera…

Cuando la princesa era una pequeña de 7 años se metió en la cocina del Reino y junto a la Cuentista decidió preparar una pizza. Desde entonces no ha parado de cacharrear entre los fogones.

Suele cocinar junto a su padre las recetas del reino de “Cuentos de sal y pimienta” y prepara esponjosos bizcochos junto a su mamá, bizcochos que jamás se come porque también ha heredado de su tía Cuentista el gusto por las recetas saladas.

Cuentista y Minicuentista preparan dulces para que disfruten los demás, ellas se quedan con los quesos, la ratatouille, los platos de pasta y el tomate…

Hoy es su cumpleaños, su primera decena, para un día tan importante en la vida he decidido hacerle tres regalos:

El primero es la receta del primer plato que hicimos juntas: La pizza.

El segundo y por seguir la tradición que empezó el año pasado... un recuerdo: Laura, cuando a lo largo de tu vida tengas un mal día o la tristeza te ronde... intenta recordar las carcajadas que hemos compartido con la saga de los cuentos en los que decidí convertiros a ti y a Ismael en el pirata Ismael Marrano y la mayordoma Laura Caga.

Y el último de los regalos... te nombro princesa heredera...

Te dejo la mitad de mi reino “Cuentos de sal y pimienta”. Me gustaría que con el tiempo te encargaras de cuidar, escribir y cocinar para mantenerlo vivo.

Deberás cuidar el reino junto al otro heredero al trono… Espero que en lugar de piratas seáis reyes y que cocinéis con el mismo cariño que ahora.

Tendréis que mantener firmes y a raya a los ogros, brujas y trolls, pero contaréis con la ayuda de muchos duendecillos y hadas que os ayudarán a conseguirlo.

Sabes que te quiero mucho Laura, felicidades pequeña por esa primera decena de años. 

¡¡¡Si pincháis el enlace de "año pasado" que os he puesto arriba podréis ver a Laura con la pizza que hicimos juntas!!!

Moraleja: Las de la foto son minipizzas... yo hice varias para elegir los sabores que más me gustaran. y os traigo las dos ganadoras. 
1. Queso, mozzarella,  tomates cherry, pavo, cebolla pochada y aceite aromatizado con ajo, perejil y orégano.
2. Arándanos frescos, dátiles, cebolla caramelizada y quesitos mini babybel.

De la despensa:
(para dos pizzas, porque con una no hay ni para empezar... mientras nos comemos la primera... horneamos la segunda).

Para la masa:  

                           

500 gr. de harina de fuerza.
200 gr. de agua.
50 gr. de aceite.
1 sobre de levadura seca de panadería. (ó 20 gr. de levadura fresca.)
1 cucharadita de sal.

Para la pizza salada:




4-5 cucharadas de salsa de tomate por pizza. (o en su defecto tomate frito).
100 gr. queso rallado.
1 bola de queso mozzarella.
4 lonchas de fiambre de pavo.
6-8 tomates cherry.
1/2 cebolla.
1/2 diente de ajo.
1/2 cucharadita de perejil picado.
1/2 cucharadita de orégano.
2 cucharada de aceite.

Para la pizza saladulce: 



Ésta opción queda estupenda como segunda pizza porque la mezcla del dulce, con el queso y la acidez de los arándanos queda casi como postre.

1 puñado de arándanos.
1 puñado de dátiles, se pueden sustituir por orejones o pasas.
100 gr. de queso rallado.
2 cucharadas de cebolla caramelizada.
3 quesos mini babybel.

Manos a la obra para la masa de pizza:

1. Templar el agua con el aceite. (si hemos optado por la levadura fresca hay que diluirla en ésta mezcla).

2. En un recipiente echar la harina, la levadura (si hemos elegido la seca) y la sal.

3. Hacer un agujerito en el centro de la harina y echar la mezcla del agua y aceite.

4. Con la mano ir mezclando bien todos los ingredientes y cuando estén mezclados pasar a la encimera y amasar.

5. Meter en una bolsa de plástico (yo uso las grandes con autocierre de Mercadona) y dejar reposar hasta que doble el tamaño, suele tardar alrededor de una hora.

6. Pasar la masa a la encimera y desgasificar amasando de nuevo, cortar la masa por la mitad y formar dos bolas. Dejar un rato para que se relaje la masa.


Manos a la obra para la pizza salada:

Precalentar el horno a 250º

1. Machacar en un mortero el medio diente de ajo, añadir el perejil, el orégano y el aceite y dejarlo macerar.

2. Colocar una de las bolas de masa en la encimera e ir extendiéndola desde el centro a los bordes.

Los napolitanos no usan rodillo, usan los dedos y van empujando la masa hasta dar la forma y el grosor buscado. Una pizza italiana debe tener la masa muy fina... Yo cuando veo que ya va quedando del tamaño que busco coloco un papel en la encimera y la estiro sobre el papel para no deformarla al cogerla para meter en el horno.

3. Con una cuchara echar la salsa de tomate en el centro de la masa y dibujar círculos con ella para ir extendiendo el tomate hasta llegar a un centímetro del borde.

4. Repartir el queso rallado por encima del tomate.

5. Con un cuchillo picar el fiambre de pavo en tiras y repartirlo por encima del queso.

6. Lavar los tomates, cortarlos por la mitad y ponerlos en un recipiente.

7. Cortar la mozzarella en trozos tamaño bocado y añadirlos al bol de los tomates. Echar por encima el aceite con las especias que teníamos reservados y mezclar todo bien para que se impregnen con el aceite aromatizado.

8. Echar por la pizza los tomates, la mozzarella y la cebolla que previamente habremos cortado y pochado hasta dejar transparente, sin llegar a terminar la cocción.

9. Bajar la temperatura del horno a 220º, meter la pizza y hornear 25 minutos. Comprobar que los bordes estén dorados y crujientes golpeando con el mango de un tenedor... si ya están crujientes... disfrutar de esta pizza tan sencilla y deliciosa.

Manos a la obra para la pizza saladulce:
Precalentar el horno a 250º y estirar la masa como hicimos en la opción salada.

1. Repartir el queso rallado por la base de la masa.

2. Cortar los arándanos por la mitad y los dátiles en tiras.

3. Repartirlas por encima del queso.

4. Cortar los quesitos mini babybel en cuatro y repartirlos por encima de todo lo anterior.

5. Echar tiras de cebolla caramelizada por encima con el jugo de la caramelización.

6. Bajar la temperatura del horno a 220º, meter la pizza y hornear 25 minutos. Comprobar que los bordes estén dorados y crujientes golpeando con el mango de un tenedor... si ya están crujientes... disfrutar de esta pizza tan sencilla y deliciosa.

Y colorín, colorado... ésta receta se ha acabado.

viernes, 22 de mayo de 2015

Érase una vez... Tomates y tomata.


Había una vez un pueblo soleado y apacible… escondido en los montes de Toledo, rodeado de huertas, viñedos y olivos.

Las casitas blancas estaban hechas de piedra encalada para que el calor del verano no entrara en el interior.

Al caer la tarde, la mujer de la casa salía con un cubo a refrescar el suelo del umbral de la puerta, una vez mojado el suelo sacaba una silla y su cesto de labor para hacer los deshilados que más tarde bordaría para hacer sábanas, manteles y servilletas de “Lagartera”, todo ello para preparar el ajuar que entregaría a su hija el día que se casara.

El pueblo del que hablo es por supuesto el de nuestro zagal y padre de la Cuentista. En su momento os hablé de ambos el día que preparé las deliciosas almejas en su jugo.

Los veranos de mi niñez están repletos de recuerdos en ese pueblo, sentada en esas sillas a la puerta de casa viendo bordar a las mujeres mientras esperaba la hora para irme a pasear con mis amigas. Comer un fresco tomate con sal allí sentada plácidamente es uno de los recuerdos que guardo…un tomate que sabía a tomate.

¿A qué otra cosa puede saber un tomate si es un tomate? Respuesta actual… A NADA.

Preciosamente redondos, rojos, todos del mismo tamaño para no afear la caja que los contiene y absurdamente insípidos, una decepción para mis preciosos recuerdos.

Hoy día se pueden conseguir buenos tomates. Para semejante misión debemos buscar o pedir a Daniel nuestro recién nombrado “Caballero de la Real Orden de la Hortaliza” que nos traiga unos poquitos de la huerta de la Dama Ana. Adoro esa huerta y las manos de su padre.

Pues bien, hoy he querido traer una entrada en la que os hablo de los distintos tipos de tomates que podemos encontrar en las tiendas y de cómo aprovechar sus características dependiendo de las cualidades de su carne.

Los tomates necesitan muchas horas de luz solar y muchos mimitos por parte del agricultor. Los frutos que permanecen más tiempo en la mata acumulan más azúcar, ácido y aroma. De ahí que los que crecen en huerta soleada y sin prisas resultan mucho más sabrosos y aromáticos.

Vamos con las pistas para saber qué tomates compramos y los usos que mejor resultado dan dependiendo de la especie…

Tomates tradicionales: Suelen ser bastante grandes, a menudo deformes, con colores variables que pueden ir del rosa al rojo y en ocasiones tienen surcos imposibles. Son los sabrosos tomates de mis recuerdos, los que me consigue el Caballero Daniel. No es fácil encontrarlos porque solo se dan en pleno verano y conviene comerlos con rapidez desde que se recolectan.

… son ideales para comer a bocados, en fresco.

Tomate de etiqueta: Se reconocen comercialmente por su nombre, por eso se denominan “de etiqueta”. Estos tomates deben cumplir una serie de condiciones especiales de cultivo para conseguir unos frutos de gran calidad. Perfectos para ensaladas o solos. A ésta variedad pertenece el tomate Raf o el Kumato.

Tomates cherry: De pequeño tamaño y muchísimos colores, formas y sabores. Deben ser duritos y consistentes al tacto, bien coloreados. El sabor es dulzón, cuanto más pequeños mejor sabor tienen. Son estupendos para aperitivos y ensaladas.

Tomate pera: Tienen una piel muy fina y son muy carnosos, resultan estupendos para conservas, salsas, sopas frías y para secar. Son los que uso siempre para hacer salmorejo.

Tomate en rama: De tamaño medio y con un color rojo muy vivo, para que aguanten más tiempo tenéis que dejarlos con el tallo y observar que la rama esté fresca y verde. Son perfectos para cocinar.

Tomate de larga vida: Aquí empezamos con mis quebrantos… son unos tomates mejorados para que aguanten en buenas condiciones el máximo tiempo posible. Es un tomate que vale “pa tó”, en mi casa no vale “pa ná”. Son muy lisitos, con un precioso color uniforme.
Por desgracia este es el tomate más consumido porque lo encontramos en todas las tiendas, todo el año y el precio suele ser más asequible… A mí me parece carísimo porque es pagar para no saborear nada.

Me guardo para el final un tomate que no se llama tomate... se llama tomata.

Esa maravillosa delicia es el más grande de la foto, el que tiene esa mancha feucha en la piel... esa preciosidad puede llegar a pesar dos kilos de maravillosa carne porque la tomata apenas tiene "placenta". 

Es un tomate típico del norte de España muy poco machacado en los mercados ya que siempre tiene esa mancha en la piel y suele tener muchas estrías. No se ve bonito y somos tan tontos que no lo compramos. Al no tener salida de mercado no se ha intentado mejorar genéticamente...

Una vez me contaron que la tomata es uno de los secretos mejor guardados de Cantabria, prefieren que nadie sepa que la tomata de Galizano, madurada con la brisa del mar Cantábrico es probablemente el mejor tomate del mundo... perdón... la mejor tomata del mundo.

Entramos en temporada de tomates y debo un agua de tomate a Sonia, de este año no pasa que se la prepare… ¡¡Es una promesa cuñá!!